martes, 9 de junio de 2026

Eleu

Me debo una disculpa. Por haber asumido la responsabilidad incontables veces, llenando de cicatrices mi memoria. Si miro atrás, solo recuerdo el sentimiento incómodo de la culpa, la frustración, el reconocimiento del fracaso. Y no he pagado un solo centavo de esa deuda, porque cada día cargo una cicatriz adicional.

El miércoles jugué sin pensar. Como un niño que se divierte con otros niños. Pensé, erróneamente que estaba bien, que lo merecía, pero mientras caías y te golpeabas empecé a recordar que era un adulto, que me pagaban para no soñar. Y el golpe, las lágrimas, el arrepentimiento forjaron una herida más en mi memoria.

¿Fui culpable? Por supuesto ¿Hice algo al respecto? No. Me quedé perplejo, estúpido, callado y balbuceé que lo más importante era que fueras donde el coordi, que los golpes allí eran peligrosos, que me disculparas. Y con lágrimas en los ojos pusiste tu pequeña palma en mi cabeza e intentaste consolarme. Intentaste consolar al adulto. Al que no sabía qué hacer.

Luego, cuando llegué a clase, lloraste. Lloraste desesperada porque estabas convencida que por tu culpa yo perdería mi trabajo: y me di cuenta que mi discurso puede ser tóxico cuando las cosas que se suponen se hacen, de repente, realidad. Te calmé, prometí que todo estaría bien y seguí con mi clase. Nada estaba bien, pero yo seguí.

Y desde ese momento no volvimos a hablar. Un día te saludé y seguiste de largo. El dolor me hizo saber que era lo correcto. La indiferencia es la respuesta más sana para el amor tóxico.

No habrá un mañana para mí en este lugar que me vio siete años. En el que conocí a tantos estudiantes, perdí un amigo, pero gané muchos más. Las historias, las mentiras, tres mundiales, las risas de los chicos, los regaños y todo el amor que intenté compartir lo dejaré en las aulas para que puedan respirar. Esto es un hasta nunca. Fue absolutamente grandioso ser el profesor de todos. No es la culpa de nadie, mi salida no es una herida, es una decisión. Quiero perseguir un nuevo sueño, una nueva vida, una nueva versión de mi que aproveche todo lo que me enseñaron en este lugar.

Por eso Dani: hasta nunca, hasta siempre, hasta el infinito y más allá. Perdónate. 

Y Eleu... hasta nunca. Te debo unos stickers.

Tiempos efímeros

El movimiento parabólico que te enseñan en la universidad, es tremendamente útil para explicar muchas cosas. Los arcos narrativos se pueden entender en esta lógica, como un disparo que asciende hasta un punto donde no le queda más que caer en picado y morir, en un desenlace pertinente. 

Enamorarse también se puede explicar así, con este evento físico que me hizo perder la cabeza en otras eras, cuando prefería besarla a encerrarme en algunos libros.

Uno siempre comienza en un punto bajo y puede terminar mucho más al fondo. Una buena historia se transforma, asciende hasta su punto cero y luego cae en picada para terminar. Lo interesante ocurre cuando el final trasciende el suelo, y demuestra que siempre se puede estar mucho más bajo, decidido a recorrer los recodos de la imaginación. El arco, igual que la piedra cae hasta que el autor decida evitarle más escarnio a su protagonista y enviarlo a la no existencia que ocurre cuando no se escribe más.

Julieta, digamos, no entendía de historias, ni de arcos narrativos, y le importaba muy poco aquello que pudiese mejorar el relato del protagonista de una historia que se había tomado a la labor de desearla. Por eso, después de varios cafés le expresó a su primer amor que realmente no había sido nada de eso, que ella se había equivocado y que la perdonara por el dinero regalado a la cafetería de doña Olga. Por lo menos la señora estaría feliz, pero Julieta no lo estaba y, si era posible, agradecía que no intentara buscarla para hacerla feliz.

Y tomaron caminos opuestos, con la ingenua esperanza de que al final el mundo no fuera redondo. Y la piedra empezó a volar.

La persona rechazada, quien nunca tomó la iniciativa de querer a Julieta, que podría ser un hombre o una mujer cualquiera y que al tercer café ya estaba loca ( ¿loco?) por ella, estudió en una universidad, se graduó con honores y empezó a trabajar en un proyecto de energías renovables en algún país al que le importara eso. Adoptó un perro, cuatro pulgas y un gato que le encantaba tomar la luz del computador sobre el teclado de su dueño (¿dueña?). En la casa había plantas, libros y otras cosas prácticas para sacar adelante un proyecto de vida. Era feliz, muy feliz, como cualquiera de los lectores. También estaba medicada.

Julieta, por su parte, se dedicó al cultivo lícito de maíz y a cuidar una comunidad que igual se podía cuidar sola, pero que le agradaba la energía y la alegría de la chica cuando los ponía a todos a voltear para que el pequeño municipio de Recóndito fuera cada día un poquito mejor. No adoptó ningún animal, pero recibió la visita de muchas zarigüeyas y zorros pequeños que no entendían de eso de la adopción. Seguro estos animalitos no tenían una edición bonita del principito para entenderlo. Quizás, si Julieta hubiese aceptado otro café, las cosas habrían sido distintas y los zorros leerían al viejo Antoine, pero no lo son. Por eso podía escuchar a Juliana, sentarse en cualquier parte a contar historias y dormir a su propia cuenta.

Quisiera contar que el arco cae hacia la muerte de los personajes y no hacia el reencuentro. Que las personas que tienen la esperanza de volver a verse, por alguna casualidad, nunca vuelven a coincidir. Quisiera contar que Julieta soñó un amor muerto al atardecer, hasta que su piel se tornó en laberinto y que luego llegó el plateado y los ojos que ya no buscan la luz y el silencio. El pueblo de Recóndito construyó un pequeño altar para recordarla a ella y a todas las personas que también eran parte de ella. Y terminar así.

Pero esta historia no sabe de desarrollos verosímiles. Por eso un día, el pueblo de Recóndito fue merecedor de un proyecto de paneles solares y de eco - lo que sea. Llamaron a nuestro (¿nuestra?) protagonista que le tocó, en un atardecer, al lado de una letrina pública, ver los ojos de Julieta que vendía empanadas a todas las madres de su comunidad. Era la hija favorita de un pueblo que había visto a todos sus hijos ser asesinados.

Y se amaron. Se amaron porque la historia termina, así como la piedra cae. Se amaron y luego se hartaron de rutina y de repeticiones. Y un día cualquiera se sentaron a escuchar música y se dieron cuenta que eran personajes de una historia y que su voluntad poco importaba. ¿Qué más da?, los obligué a pensar. Se besaron y bajo la luz de las noticias, fueron libres.

Fin.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Amar, como equivocarse, es cosa de un paso

La busqué por años, esa persona que me hiciera entender que significaba amar a alguien. Cuando apareció, el golpe fue profundo y corto. Curioso, ¿no? Años para darte cuenta de que el corazón se equivoca en este tipo de temas. Pero ocurre, y destroza, como caminar sobre fichas de lego o dejar que el agua se vaya por el lado equivocado de tus vías respiratorias.

Nadie me amó en el colegio. San Valentín era un evento que celebraban los otros, la gente guapa, delgada y feliz. Comían chocolates sin contar calorías, se reían y con cara de estúpidos confesaban lo que sentían en los pasillos del espacio educativo. Yo los envidié, corazón encadenado, mirada fija en las actividades de clase. El amor y el chocolate era para otros, no me tocaba a mí.

En la universidad tomé riesgos. Balbuceos tímidos, palabras cortas, pasos rápidos. Pero nunca recibí una mirada recíproca a esos sentimientos. Los puentes que construyo solo existen en una única dirección y nunca culminan en nada. Abajo, el abismo, con montañas de tablas de madera, pegante, ilusiones tontas y fantasías de niño. Y los años pasaron. Muchos años.

Hace unos meses me descubrí amando. Una mujer que bailaba frente a un edificio, pidiendo monedas. Nadie le prestaba atención, pero ella giraba con la música oscura de la ciudad. Su belleza era extraña, distinta. Tenía los ojos de una vida larga y arrugas que parecían sonrisas sobre su piel. La vi todo el día, escuché sus pasos, sentí la música de su cuerpo. En cierto momento se acercó, me tomó de la mano y giró conmigo en una ráfaga de hojas. Me sentí amado, como si se cerraran todos los puentes que dejé de construir. Luego volví a casa.

La nieve cayó toda la noche, y la pensé. Sentí su calidez, imaginé la cadencia de sus palabras, soñé su mirada. El fuego crepitó en mi apartamento y deseé que terminara la blanca noche para verla de nuevo. Pero al amanecer no había nadie frente al edificio. No había música. Solo el aparato abriendo paso y despejando la vía. Así fueron varios días que se marcaron como heridas en mi calendario. Lentamente mi rutina fue alejándome de esa calle donde recibí por primera vez el amor. Un roce de fugaz eternidad.

Y la vida siguió, déspota, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.