miércoles, 25 de marzo de 2026

Amar, como equivocarse, es cosa de un paso

La busqué por años, esa persona que me hiciera entender que significaba amar a alguien. Cuando apareció, el golpe fue profundo y corto. Curioso, ¿no? Años para darte cuenta de que el corazón se equivoca en este tipo de temas. Pero ocurre, y destroza, como caminar sobre fichas de lego o dejar que el agua se vaya por el lado equivocado de tus vías respiratorias.

Nadie me amó en el colegio. San Valentín era un evento que celebraban los otros, la gente guapa, delgada y feliz. Comían chocolates sin contar calorías, se reían y con cara de estúpidos confesaban lo que sentían en los pasillos del espacio educativo. Yo los envidié, corazón encadenado, mirada fija en las actividades de clase. El amor y el chocolate era para otros, no me tocaba a mí.

En la universidad tomé riesgos. Balbuceos tímidos, palabras cortas, pasos rápidos. Pero nunca recibí una mirada recíproca a esos sentimientos. Los puentes que construyo solo existen en una única dirección y nunca culminan en nada. Abajo, el abismo, con montañas de tablas de madera, pegante, ilusiones tontas y fantasías de niño. Y los años pasaron. Muchos años.

Hace unos meses me descubrí amando. Una mujer que bailaba frente a un edificio, pidiendo monedas. Nadie le prestaba atención, pero ella giraba con la música oscura de la ciudad. Su belleza era extraña, distinta. Tenía los ojos de una vida larga y arrugas que parecían sonrisas sobre su piel. La vi todo el día, escuché sus pasos, sentí la música de su cuerpo. En cierto momento se acercó, me tomó de la mano y giró conmigo en una ráfaga de hojas. Me sentí amado, como si se cerrarán todos los puentes que dejé de construir. Luego volví a casa.

La nieve cayó toda la noche, y la pensé. Sentí su calidez, imaginé la cadencia de sus palabras, soñé su mirada. El fuego crepitó en mi apartamento y deseé que terminara la blanca noche para verla de nuevo. Pero al amanecer no había nadie frente al edificio. No había música. Solo el aparato abriendo paso y despejando la vía. Así fueron varios días que se marcaron como heridas en mi calendario. Lentamente mi rutina fue alejándome de esa calle donde recibí por primera vez el amor. Un roce de fugaz eternidad.

Y la vida siguió, déspota, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.