martes, 9 de junio de 2026

Eleu

Me debo una disculpa. Por haber asumido la responsabilidad incontables veces, llenando de cicatrices mi memoria. Si miro atrás, solo recuerdo el sentimiento incómodo de la culpa, la frustración, el reconocimiento del fracaso. Y no he pagado un solo centavo de esa deuda, porque cada día cargo una cicatriz adicional.

El miércoles jugué sin pensar. Como un niño que se divierte con otros niños. Pensé, erróneamente que estaba bien, que lo merecía, pero mientras caías y te golpeabas empecé a recordar que era un adulto, que me pagaban para no soñar. Y el golpe, las lágrimas, el arrepentimiento forjaron una herida más en mi memoria.

¿Fui culpable? Por supuesto ¿Hice algo al respecto? No. Me quedé perplejo, estúpido, callado y balbuceé que lo más importante era que fueras donde el coordi, que los golpes allí eran peligrosos, que me disculparas. Y con lágrimas en los ojos pusiste tu pequeña palma en mi cabeza e intentaste consolarme. Intentaste consolar al adulto. Al que no sabía qué hacer.

Luego, cuando llegué a clase, lloraste. Lloraste desesperada porque estabas convencida que por tu culpa yo perdería mi trabajo: y me di cuenta que mi discurso puede ser tóxico cuando las cosas que se suponen se hacen, de repente, realidad. Te calmé, prometí que todo estaría bien y seguí con mi clase. Nada estaba bien, pero yo seguí.

Y desde ese momento no volvimos a hablar. Un día te saludé y seguiste de largo. El dolor me hizo saber que era lo correcto. La indiferencia es la respuesta más sana para el amor tóxico.

No habrá un mañana para mí en este lugar que me vio siete años. En el que conocí a tantos estudiantes, perdí un amigo, pero gané muchos más. Las historias, las mentiras, tres mundiales, las risas de los chicos, los regaños y todo el amor que intenté compartir lo dejaré en las aulas para que puedan respirar. Esto es un hasta nunca. Fue absolutamente grandioso ser el profesor de todos. No es la culpa de nadie, mi salida no es una herida, es una decisión. Quiero perseguir un nuevo sueño, una nueva vida, una nueva versión de mi que aproveche todo lo que me enseñaron en este lugar.

Por eso Dani: hasta nunca, hasta siempre, hasta el infinito y más allá. Perdónate. 

Y Eleu... hasta nunca. Te debo unos stickers.

Tiempos efímeros

El movimiento parabólico que te enseñan en la universidad, es tremendamente útil para explicar muchas cosas. Los arcos narrativos se pueden entender en esta lógica, como un disparo que asciende hasta un punto donde no le queda más que caer en picado y morir, en un desenlace pertinente. 

Enamorarse también se puede explicar así, con este evento físico que me hizo perder la cabeza en otras eras, cuando prefería besarla a encerrarme en algunos libros.

Uno siempre comienza en un punto bajo y puede terminar mucho más al fondo. Una buena historia se transforma, asciende hasta su punto cero y luego cae en picada para terminar. Lo interesante ocurre cuando el final trasciende el suelo, y demuestra que siempre se puede estar mucho más bajo, decidido a recorrer los recodos de la imaginación. El arco, igual que la piedra cae hasta que el autor decida evitarle más escarnio a su protagonista y enviarlo a la no existencia que ocurre cuando no se escribe más.

Julieta, digamos, no entendía de historias, ni de arcos narrativos, y le importaba muy poco aquello que pudiese mejorar el relato del protagonista de una historia que se había tomado a la labor de desearla. Por eso, después de varios cafés le expresó a su primer amor que realmente no había sido nada de eso, que ella se había equivocado y que la perdonara por el dinero regalado a la cafetería de doña Olga. Por lo menos la señora estaría feliz, pero Julieta no lo estaba y, si era posible, agradecía que no intentara buscarla para hacerla feliz.

Y tomaron caminos opuestos, con la ingenua esperanza de que al final el mundo no fuera redondo. Y la piedra empezó a volar.

La persona rechazada, quien nunca tomó la iniciativa de querer a Julieta, que podría ser un hombre o una mujer cualquiera y que al tercer café ya estaba loca ( ¿loco?) por ella, estudió en una universidad, se graduó con honores y empezó a trabajar en un proyecto de energías renovables en algún país al que le importara eso. Adoptó un perro, cuatro pulgas y un gato que le encantaba tomar la luz del computador sobre el teclado de su dueño (¿dueña?). En la casa había plantas, libros y otras cosas prácticas para sacar adelante un proyecto de vida. Era feliz, muy feliz, como cualquiera de los lectores. También estaba medicada.

Julieta, por su parte, se dedicó al cultivo lícito de maíz y a cuidar una comunidad que igual se podía cuidar sola, pero que le agradaba la energía y la alegría de la chica cuando los ponía a todos a voltear para que el pequeño municipio de Recóndito fuera cada día un poquito mejor. No adoptó ningún animal, pero recibió la visita de muchas zarigüeyas y zorros pequeños que no entendían de eso de la adopción. Seguro estos animalitos no tenían una edición bonita del principito para entenderlo. Quizás, si Julieta hubiese aceptado otro café, las cosas habrían sido distintas y los zorros leerían al viejo Antoine, pero no lo son. Por eso podía escuchar a Juliana, sentarse en cualquier parte a contar historias y dormir a su propia cuenta.

Quisiera contar que el arco cae hacia la muerte de los personajes y no hacia el reencuentro. Que las personas que tienen la esperanza de volver a verse, por alguna casualidad, nunca vuelven a coincidir. Quisiera contar que Julieta soñó un amor muerto al atardecer, hasta que su piel se tornó en laberinto y que luego llegó el plateado y los ojos que ya no buscan la luz y el silencio. El pueblo de Recóndito construyó un pequeño altar para recordarla a ella y a todas las personas que también eran parte de ella. Y terminar así.

Pero esta historia no sabe de desarrollos verosímiles. Por eso un día, el pueblo de Recóndito fue merecedor de un proyecto de paneles solares y de eco - lo que sea. Llamaron a nuestro (¿nuestra?) protagonista que le tocó, en un atardecer, al lado de una letrina pública, ver los ojos de Julieta que vendía empanadas a todas las madres de su comunidad. Era la hija favorita de un pueblo que había visto a todos sus hijos ser asesinados.

Y se amaron. Se amaron porque la historia termina, así como la piedra cae. Se amaron y luego se hartaron de rutina y de repeticiones. Y un día cualquiera se sentaron a escuchar música y se dieron cuenta que eran personajes de una historia y que su voluntad poco importaba. ¿Qué más da?, los obligué a pensar. Se besaron y bajo la luz de las noticias, fueron libres.

Fin.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Amar, como equivocarse, es cosa de un paso

La busqué por años, esa persona que me hiciera entender que significaba amar a alguien. Cuando apareció, el golpe fue profundo y corto. Curioso, ¿no? Años para darte cuenta de que el corazón se equivoca en este tipo de temas. Pero ocurre, y destroza, como caminar sobre fichas de lego o dejar que el agua se vaya por el lado equivocado de tus vías respiratorias.

Nadie me amó en el colegio. San Valentín era un evento que celebraban los otros, la gente guapa, delgada y feliz. Comían chocolates sin contar calorías, se reían y con cara de estúpidos confesaban lo que sentían en los pasillos del espacio educativo. Yo los envidié, corazón encadenado, mirada fija en las actividades de clase. El amor y el chocolate era para otros, no me tocaba a mí.

En la universidad tomé riesgos. Balbuceos tímidos, palabras cortas, pasos rápidos. Pero nunca recibí una mirada recíproca a esos sentimientos. Los puentes que construyo solo existen en una única dirección y nunca culminan en nada. Abajo, el abismo, con montañas de tablas de madera, pegante, ilusiones tontas y fantasías de niño. Y los años pasaron. Muchos años.

Hace unos meses me descubrí amando. Una mujer que bailaba frente a un edificio, pidiendo monedas. Nadie le prestaba atención, pero ella giraba con la música oscura de la ciudad. Su belleza era extraña, distinta. Tenía los ojos de una vida larga y arrugas que parecían sonrisas sobre su piel. La vi todo el día, escuché sus pasos, sentí la música de su cuerpo. En cierto momento se acercó, me tomó de la mano y giró conmigo en una ráfaga de hojas. Me sentí amado, como si se cerraran todos los puentes que dejé de construir. Luego volví a casa.

La nieve cayó toda la noche, y la pensé. Sentí su calidez, imaginé la cadencia de sus palabras, soñé su mirada. El fuego crepitó en mi apartamento y deseé que terminara la blanca noche para verla de nuevo. Pero al amanecer no había nadie frente al edificio. No había música. Solo el aparato abriendo paso y despejando la vía. Así fueron varios días que se marcaron como heridas en mi calendario. Lentamente mi rutina fue alejándome de esa calle donde recibí por primera vez el amor. Un roce de fugaz eternidad.

Y la vida siguió, déspota, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. 

martes, 31 de diciembre de 2024

Sigo aquí. Pese a todo.

 

El siete de diciembre, comenzando una madrugada calurosa, mi corazón se detuvo. Fueron unos pocos segundos, pero ese silencioso latido invitó a la muerte al borde de mi ventana. Acarició las flores que cuidé por meses y miró mi rostro, el sudor que me cubría, mi ignorancia. La muerte, imagino, sonrió. Y con su cálida mano prefirió despertarme a llevarme en su oscuro seno. Su visita fue corta pero prometedora; su caricia quedó congelada en mi mejilla.

Desperté con un dolor acuciante en el pecho, como una estampida de imaginarios elefantes que pisoteaban mi esternón. Traté, en vano, de aliviar mi dolor con todas las medicinas que tenía a mi lado. Nada funcionó. Miré mi cama de dos metros que solo habitaba a medias. Me fijé en el armario cerrado y en la ausencia de unos pasos que alguna vez pudieron ayudarme. El dolor se regó por toda la habitación y sentí los elefantes corriendo en mis hombros y en mi mandíbula. Traté de tomar aire. No había aire.

Pedí un Uber con los ojos entrecerrados. Recorrimos las calles que marcaron mi vida en la búsqueda de un hospital. La ciudad dormitaba; y las luces que debían darle forma al amanecer bostezaban con pereza, sin el ánimo necesario para otro día más. Pero no hubo despertar, ni cantar de mirlos, ni rocío de mañana; solo el frenesí de luces blancas, voces monótonas, sonrisas y vacío, mucho vacío. La iridiscente noche quemó mis párpados y murió.

Luego, frente al espejo urbano, intoxicado por el aire poroso de la ciudad me vi reflejado. No morí, seguí allí, la muerte solo jugaba. 

No sé vivir bien. Y claramente tampoco morir adecuadamente.

Pedí un taxi y me deje perder por las calles de una ciudad que, hace unos pocos minutos, se había olvidado de nuevo de mí.

domingo, 15 de mayo de 2022

15 de Mayo

 El 04 de marzo del 2013, caminando por la universidad, decidimos detenernos. Nos miramos a los ojos y acordamos que había llegado el momento, que era necesario formalizar ese amor enredado que estábamos llevando. En ese entonces ya habíamos practicado muchas escenas del cine de comedia romántica y nos sobraba amor; no creíamos que fuera para siempre pero estaríamos contentos con lo que durara esta eternidad.


El 15 de mayo del 2022, a las 00 horas y algunos minutos terminó la eternidad. Nueve años completos. Terminamos siete días antes de tu cumpleaños. Me alegra haberte dado el regalo que preparé para ti temprano ese día; no sabría qué hacer con él, en mi cuarto, después de que nos hubiéramos agregado a la lista de cosas para olvidar. Mientras me explicabas un amor que ya no tenía sentido y me pedías que te convenciera de que siguiéramos, de que estábamos destinados, yo callaba y miraba tus ojos que se ahogaban en llanto. No pude llorar, no quise sentir, traté de racionalizar todo. Y entré más lo pensaba más me encontraba con el vacío.

Aún tenemos proyectos de inversión juntos, dos viajes pagados para escuchar dos artistas que amamos y la incertidumbre de muchas amistades que nos quieren por ser nosotros. Y yo solo pensaba en todos los espacios vacíos.

Escuchamos música abrazados y lloraste en silencio. Yo me fui encerrando hacia adentro, buscando todas las protecciones necesarias para poder sobrevivir tu ausencia. Al cambio de canción se reprodujo, automáticamente, una canción de Jorge Drexler que nunca había tenido sentido. Y de repente lo tuvo; y de repente se instaló en todos mis vacíos.

No quiero que lleves de mi
Nada que no te marque
El tiempo dirá si al final
Nos valió lo dolido
Perderme, por lo que yo vi
Te rejuvenece
La vida es más compleja
De lo que parece
Mejor, o peor, cada cual
Seguirá su camino
Cuánto te quise, quizás
Seguirás sin saberlo
Lo que dolería por siempre
Ya se desvanece

La vida es más compleja
De lo que parece

Y entendí que se había instalado en mis ojos el velo transparente del desasosiego. Que toda mi vida carecía de sentido porque, de repente, ya no se sostenía de un lado. Y lloré en silencio sin sollozar, para que no lo notara. Esa madrugada me arranqué una parte de mi que me sostenía.

Y no planeó rellenarla jamás. Hace un par de años me lo dije, de hecho. Que un proyecto de pareja era una ruleta donde lo apostabas todo y perdías o ganabas. ¿Pero sabes qué? Me dijiste que tú tenías toda la suerte y yo no tenía nada. 

En fin. Dejo este borrador así, aquí, que no encontrará jamás otra versión. No pienso, no siento. 

Y si miró hacia atrás me daré cuenta que ya estoy cayendo.

No quiero caer.

sábado, 9 de abril de 2022

30 segundos de apnea

 

Escribir cuando te duele algo es absurdo. Te ponés todo monotemático y las palabras se quedan estancadas; y no las podés decir. Nada, te quedás callado, absorto en la contemplación de todo lo que hiciste mal, las cosas que ya no le decís a nadie, las mierdas que nunca ocurrirán. Y lo que escribís suena a la canción que estás escuchando; I love you so de The Walters. Suena la primera estrofa y pensás que te representa, que no basta con amar como un loco cuando no podés lidiar con el todo del otro. Pero no te podés querer tanto como el de la canción. También querés irte, pero porque te hace falta huir, porque no querés afrontar, porque uno también se desgasta, como todos los borradores que compró tu madre y te acabaste, arruinando cartas de amor.

Y te ibas a casar. Como en las películas cursis que odiaste desde el hígado hasta el corazón. Planeaste un hogar juntos, maestrías, toneladas de “sería bonito que…” irrealizables. Miras las cosas que amontonaste en tu habitación que iban a ser para los dos, los regalos que compraste y ya no quieres entregar el mes siguiente, tu vida, desordenada, impropia, absurda.

Me odio tanto.

Piensas, quizás. Y miras tu trabajo pendiente, en el computador. Antes de empezar a escribir tu disertación terminabas un ensayo sobre las sociedades virtuales representadas en un collage loquísimo de Reddit. Pero ya no quieres decir nada por mucho que te apasione el tema. ¿Para qué? ¿Quién te va leer si tus interlocutores también se están quedando ciegos?  No quieres estar allí, en algún lado, midiendo en herzios y pestañazos un texto ingenuo.

Ojalá el gato mejore.

Y puedas sonreir.

Y sobrevivas a tus padres.

Tú puedes.

Yo sí te amo.

martes, 1 de diciembre de 2020

Sencillo texto de ansiedad

 Nos acostumbramos a la gente que amamos. Pero lo normal cambia. Todo el tiempo se está transformando. No amamos de la misma manera, no soñamos de la misma manera, no somos las mismas personas. La falacia de madurar está relacionada con reconocer que la vida, como el río de Heráclito, está en constante movimiento. Antonio machado soñaba con una vida que se construye paso a paso, sin avisar a nadie, sin explicarle a aquellos que nos importan la dirección que estamos tomando. Y la muerte es inevitable. Y desgarradora. Pero más que ser nuestros propios deseos, también somos las expectativas que los demás han puesto sobre nosotros; es como si fuésemos nosotros y además fuésemos todos los que amamos.

Mi madre no murió un noviembre de hace varios años mientras me decía que me amaba.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Mientras caemos


Podríamos armar bellas historias con todas las palabras que no decimos. Coger todos esos discursos que no nos parecieron adecuados, esos en los que pusimos silencios para adecuar la estética de nuestra realidad y escribir. ¿Cuántos textos enteros se redujeron a un “te amo” puntual que esperabas pudiese significar todo lo que no querías decir? Podríamos armar novelas enteras, crear un Mr. Darcy y una Elizabeth que conversan en diálogos geniales bajo el diluvio de alguna duda. Podríamos, pero preferimos llenarnos de silencio hasta que se deforme nuestro rostro y se caiga el cabello.

En el espejo me veo más ojeroso que hace algunos años. ¿Habrá palabras escondidas bajo mis ojos? Quiero creer que, sencillamente, la relación con mi espejo jamás fue la mejor. No tengo criterios para decidir si estoy bien pero debo preparar una respuesta; eventualmente alguien me lo preguntará y responderé de manera que se lo crea. “Bien”, “bien”, “bien”, “no preguntes, no quiero responderte, no sé si me siento bien o mal o si debería importarme pero deseo que me dejes en paz y perdones mi desinterés por saber cómo estás tú”. Sonrío, es más fácil; memoria muscular del pasado, por allá cuando desdibujaron la definición de felicidad con el codo y solo quedó un manchón. Me gustaría odiar sin consecuencia.

Somos silencio. Me he convencido de ello. Somos más las cosas que no decimos que aquellas de las que estamos seguros. Soy un texto lleno de borrones mal hechos, el texto de alguien que no le puede importar menos la coherencia de sí mismo, la sintaxis, la cohesión el ritmo, todo. Él borra cuando le parece necesario, así con artículos, adjetivos, adverbios, palabras, miedos. Y el texto, ese que soy yo, es extraño. Tan extraño que nadie se toma la molestia de leerlo porque ni él mismo puede resolver su conflicto informativo.

“Hola, me llaman Panda. No es mi nombre pero es como me refieren los demás. En este mundo donde los otros te construyen me he vuelto Panda y he olvidado mi nombre así que no te lo daré. En este texto el primer silencio es nominativo. El siguiente es de orden emocional y resume toda la historia: “Te amo”. Las cosas que no digo te darán una idea de que no todo está tan bien como te gustaría calificar mi estado de ánimo cada vez que me ves. Pero no importa, no importa que no sepas leer y que no te importe el segundo que me tomo aspirando para responder. Espero que tú estés bien. No te preocupes que no notaré que te atragantas un poco para expresarte. Relájate: no significa algo para mí, tampoco me importas. En este mundo solo eres otra etiqueta.

Me llaman Panda. Es un gusto conocerte.”

sábado, 25 de agosto de 2018

Texto


El final llegó demasiado pronto. Ni siquiera tenía un punto de referencia, ni una medida, ni nada. Solo sé que llegó de sorpresa y fue demasiado pronto. Lo supe en ese momento; supe que faltaba mucho más, que aplacé tanto mi propia vida que se consumió en una sala de espera. Llevo treinta años convencido de que siempre hay un más tarde, un después, convencido de que mientras esté cómodo no hay problema. Hoy es mañana. Son las tres de la oscuridad y te lloro; te lloro apenas ahora porque apenas comprendo que siempre estuviste de última. Y ya no estás. No esperaste y te fuiste como tantas veces hice, y, como yo, tampoco regresaste. Me ha quedado un libro de tareas pendientes, una vida de compromisos conmigo mismo que no sé cómo cumplir porque estabas en todos. Me he quedado paralizado, tirado en el suelo sin saber qué hacer con mi vida. Las personas que me importan están en la sala de espera y yo sufro por esa mujer que se fue, esa mujer a la que quería mostrar todos mis logros, esa persona  a la que algún día iba a hacer sentir orgullosa.

Ni siquiera alcanzaste a ir a mi grado. Y yo me quedé congelado, con el título en la mano, sin haberme graduado jamás.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Escena de él en el restaurante


El 23 de junio llovió en la ciudad. A él le pareció un mal desarrollo, sentado del lado seco del espejo urbano, mientras la esperaba a ella en un restaurante. Leyó la carta un par de veces y detalló el lugar, a los meseros, el acuario que había entre la cocina y ellos. Contó las gotas que chocaban contra el cristal y se preguntó de qué carajos podía hablarle. De mujeres, de cosas como las uñas, la belleza, la ropa. Miró su vestido. Una camisa gris por fuera, unos pantalones de drill dos tallas más grandes y unas zapatillas. Le hablaría de la carta, se decidió. Le recomendaría pescado, Coca-Cola con un poco de limón y helado de postre. Había leído en una novela de Pérez-Reverte que el hombre siempre debía saber un poco más de lo que aparentaba. Saber más, ir un paso adelante. Le pareció que el encuentro sería una partida de ajedrez, y que, por primera vez, él iba predispuesto a perder. La puerta se abrió con violencia y ella entró junto a la tarde lluviosa. Él notó, resignado a su derrota, que él abrigo que ella traía puesto, con sugerentes parches de colores, era mucho menor que él.



Llegó una hora antes de lo acordado al restaurante en la calle Ronda. Se registró, pidió una copa de vino al azar y anunció que esperaría a su compañera para ordenar. La mesa que su editor había elegido estaba al lado de la ventana. El sol daba sobre ella como si hubiera decidido condenarlos a un enfermo voyerismo galáctico. Se imaginó el cotilleo entre los planetas, comentando su encuentro como un evento que podría cambiar el orden del universo. El mesero puso el vino sobre la mesa y se retiró. Él los ignoró a ambos. Afuera, la lluvia empezaba a golpear contra el cristal, intentando impedir el encuentro. De qué hablaría con esa mujer, pensó. De la conspiración planetaria que lo había obligado a escribir una novela llena de absurdos. Del sol, de la lluvia, de la tarde que se iba. De la impuntualidad. Pensó que, de alguna manera, se había vuelto adicto a perder todas las partidas de ajedrez. Miró el vino, aspiró su aroma y lo probó. Sabía a azufre.

viernes, 9 de junio de 2017

Textos perdidos...

Me hace falta escribir sobre cosas serias, decís. Parafrasear mis opiniones sobre la realidad y contrastar lo que dice aqueste acerca de cierto asunto totalmente relevante. Y yo no lo hago; me la paso diciendo banalidades sobre esas cosas cotidianas que nos tocan a vos o a mí. Un robo, una ciudad atrapada en una cámara, un montón de cansancio, los votos que se derramaron hacia atrás, mis noches, tus mañanas, los gatos. Yo hablo de todas estas pendejadas que a vos te parecen un reloj análogo sin manecillas, ese voto por un candidato que con suerte quedó de tercero y no podés hacer más que criticarme, mirarme por lo alto y ver las noticias; querés estar a la moda con lo que se debe decir, "actual". Equivocarse sigue siendo bastante actual ¿No? El problema es que la gente - y vos también - quieren aparecer en el Espectador, recibir un Guinness por usar más palabras desconocidas en un solo párrafo y pasar a la historia; quieren inmortalizarse como un Heidegger criollo. A mí me tocó estar de paso y hablar de lo que conozco: y es bastante poco. Quizás por eso amontono en mi mesa lo que escribo y te leo a vos, para aprender, conocer un poco más del mundo, obligarme a ampliar mi léxico con tus disertaciones encriptadas. Quizás por eso soy poco serio y hago un uso mediocre del diccionario al decir las cosas, porque quiero, que si algún día dejo que me lean, puedan entenderme todos sin ningún tipo de enredos "vetustos". Quizás, o definitivamente por eso hablo de lo que nos acontece a diario: porque de eso, lo cotidiano, sabemos todos.

sábado, 22 de abril de 2017

¡Hola!

Hace tres años no escribo más que un texto anual para publicar aquí. Mi tesis lleva dos años y ya está terminada. Sé que esto no es un lugar para poner este tipo de comentarios pero me siento bien y quiero contarle a mis lectores – olvidados totalmente – que vuelvo a la escritura. Este año escribiré mucho, quizás tanto o más de lo que creé para cuando abrí este blog. Es tiempo de recoger toda mi experiencia y dejarme llevar, navegar de un lado a otro buscando historias. Espero me lean. ¡Un fuerte abrazo!

viernes, 21 de abril de 2017

Leona

Hace mucho que sólo escribo textos académicos; no he tenido tiempo para más. Hoy vi una publicación tuya y pensé que me hacías mucha falta, que de alguna manera me importabas mucho más de lo que creía. Fuiste mi sobrina favorita desde que te conocí. Ahora, sin la institución de por medio y nuestras diferencias, hemos caído en un olvido sistemático.

Feliz navidad, leona.

Feliz año nuevo, panda.

Silencio. En mi computador suena la obra del Cascanueces, va por el “Pas de deux”. Quizás por eso me arriesgo a escribir. El pasado 2016 fui a verte ser parte del coro en una obra hermosa y triste; había trabajado todo el día y estaba agotado, por lo que no pude evitar dormirme. Me viste desde lejos y, junto a esa chica que nos conoce a los dos, te burlaste de mí. Luego ella me contaría. En mi sueño siempre te burlas; en mi sueño te importo. Luego despierto y la obra ha acabado, los músicos no están, el coro se ha ido. Salgo bostezando y no te busco. Voy pensando que todo es una metáfora de nuestra vida juntos, que sólo estoy despierto cuando ya te has ido, cuando te has cansado de esperar mi risa y mis chanzas. Soy un personaje sin desvelo, ese que ya no se entera de nada
.
¿Viajarás este año?

No, pandita. Iré sólo a vacaciones. ¡Mi madre me ha comprado mucha ropa!

Quédate. Quédate. Quédate. Aquí, conmigo, no vayas a ese lado del mundo donde tu vida será mejor. No digo eso, sonrío y te deseo las mejores vacaciones. Quiero gritarte que me des un abrazo, me beses, veas una película conmigo. Pero también deseo que huyas lejos y encuentres tu propia vida, tus sueños, tu voluntad. Adiós, nos veremos el otro año, leona. Beso leve en la mejilla y cae el telón. Fue un buen montaje.

No te volví a ver, ni hablar después. También abandoné las partidas de rol donde te encontraba por medio de él, Santiago, brillante flautista y persona. Es abril de 2017 y ya no sé de ti, excepto por esa publicación. Escuchaba Extremoduro en mi cuarto y terminé frente al computador escuchando a Tchaikovsky, escribiendo una carta que no deseo entregarte. Han pasado varios minutos desde que te bloqueé como un niño que huye de sus miedos. Vine aquí a despedirme, a cerrar el ciclo, a respetar la decisión de arrancarte de mi vida. El cine, el manga rosa, la literatura contemporánea defienden la idea de que no tengo poder sobre mi crimen. Pero se equivocan: puedo hacerlo sin tu consentimiento porque no te importa.


Adiós leona. Ya no es necesario coincidir más, no te debes preocupar por encontrarme. Si lo haces ignórame. El telón cerró hace un par de meses y no quiero seguir escribiéndote líneas de diálogo. Adiós leona. ¡Y buen viaje!

martes, 17 de mayo de 2016

Lectura de mesa No 3

Traigo una historia. Dirán que son malas para la digestión y largas, que se enfriará la comida o que ocurrirá una catástrofe, pero se equivocan. Las historias son excelentes para que la comida se aventure por el cuerpo, animada a llegar muy lejos. Escuchad con atención que hasta la más vil verdura se tornará en deliciosa:

Esta es la historia de un beso que quería ser real. Puede parecerles muy sencillo, pero este era un beso complicado. Su sueño siempre había sido ser un beso de amor puro, el más hermoso posible, uno que solo se diera una vez y desapareciera junto a las relaciones humanas. No lo había conseguido en muchos años de extensos viajes. La gente no amaba, no sentía; no escuchaba. El beso era tan hermoso que nadie había querido compartirlo. Todos se limitaban a encerrarle, para admirarle hasta que este, cansado, escapaba.

Una tarde, bajo la torre de un castillo vio un joven de pobre vestir huyendo de un grupo de orcos que quizás quisieran preguntarle la hora. Aburrido, le siguió. Entenderán que los orcos no dejaron de perseguir al joven al ver al beso pues, como orcos que son, poco saben de amar. El joven, que sí sabía del tema, lo vio y muy en el fondo de su alma resonó el deseo de compartirlo, de darle una oportunidad de ser. El beso escuchó la canción que sonaba en el corazón del joven y se sorprendió: No deseaba hacerlo suyo. Pero sabrán, chicos, correr de unos orcos que quieren la hora no es una situación para sorprenderse. Llegaron ambos, totalmente cansados, al torreón más alto y se encontraron con una mujer mucho mayor que el joven. Tenía traje de reina y sus manos heridas de tanto luchar por su libertad. No tenía miedo. Vio al beso primero que al joven y también deseo compartirlo con alguien ¡Qué hermosa canción resonó silenciosa en el cuarto! El beso no podía parar de bailar. Tristemente ese no era un momento para besos. La reina tomó del brazo al joven y le sonrió, desnudando de dudas y miedos el cuerpo del joven. Corrieron juntos hacia la ventana, envueltos en un manto de comprensión mutua y saltaron de ese torreón, el más alto del palacio, el más alto de todo el reino. El beso siguió bailando con su música y les siguió, completamente decidido a ser esa hermosa posibilidad que ya no sería.


La belleza de algunas cosas está en la posibilidad de ser y de su realización en esta o en otra vida. Siempre que resuene con fuerza nuestra dulce canción será más hermoso que nada. Buen apetito.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Lectura para antes de vivir

Antes de cenar, almorzar o dormir los invito a ser sucios. ¡Ojo con esto! Tú, espera, déjame explicarme, no cometas un error… o varios. Los invito a ser sucios, pero de esos que se embarran con los amigos y se ríen con todos los sentidos a la vez y un poco de barro en los ojos. Los invito a ser sucios y curiosear con las cosas, buscándole el sentido a lo que parezca evidente porque a la larga lo obvio no lo es realmente. Una escoba donde las brujas vuelan puede ser usada para barrer el polvo ¿Se dan cuenta qué desacato? La magia reducida al polvo y la rutina; no es fácil de vislumbrar.

Pero volvamos a ser sucios: ya hablé de la curiosidad y  la camadería sin importar la situación, ahora quiero mencionar de pasón eso de compartir. Una galleta puede partirse en dos, en cuatro, en ocho y, según la situación amerite, también se pueden comprar más galletas.  Compartir una galleta es grato para todos, incluso si se puede charlar alrededor de la galleta sobre ideas que, eventualmente, serán compartidas también. ¿Por qué sucio eso de compartir? Pues bueno, partir una galleta es manosearla más de una vez, al igual que las ideas rotas que se ensucian en un ir y venir durante el diálogo; ideas manoseadas que sueltan migajas y hacen crunch, crunch, crunch mientras se van transformando en satisfacción para todos. Eso sí, después toca barrer las migajas para que no invadan las hormiguitas de la incomprensión.

¿Qué dicen? ¿Les suena? Ser sucios como hace 20 años, cuando cogíamos lo que nos encontrábamos para meterlo en la boca, porque tocaba probar, deleitarse con el pastel de barro y gusanos que nos costó toda la tarde. Ser sucio porque esa idea de limpieza que impone la cultura es muy cuadriculada y por “pensar” nos olvidamos de sentir y, uy, sentir es muy bacano. Así que piénsenlo: vamos a pasarla como niños mientras nos obligan a crecer, ensuciándonos de a poco de los gustos de la vida.


Un abrazo. Pasad una buena noche si piensan dormir o buen apetito.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Digerir, después, leer.

Leer, ha sido, gran parte de mi vida, algo mecánico. Recorro los textos sin tregua, mientras cazo piezas de rompecabezas con la expectativa de armar una o varias ideas. No me tropiezo, corro sin mirar atrás, pescando ideas fáciles frente a mí que puedan servirme para digerir. Le arranco un sentido – cualquiera – a las palabras, las frases, los párrafos; me apresuro a llegar al final para que mi memoria sostenga todo lo que quepa en la pequeña ánfora que me tocó; luego la vuelco en el borde de la página y reviso, escaneo, pienso, reflexiono lo que me quedó. Finalmente vuelvo al texto y tras digerirlo levemente, empiezo a leer.

A mis cinco años, cuando me “leía” la Historia Interminable de Ende, no pensé que enfrentarme a un texto sería difícil. Me resultaba sencillo pensar que podía correr por las páginas siguiendo a Bastián Baltasar Bux o Atreyu en sus aventuras, sin pensar en trascender el texto. Todo era hermoso, entretenido y demasiado sencillo. A mis veinticinco años agonizo con treinta páginas de texto escrito las cuales leo en silencio, en voz alta, a gritos y me llevan a encerrarme en el cuarto para reflexionar o enredarme la cabeza. Al final, sin embargo, el texto no me dice mucho. Se queda callado, su título en mis pupilas, esperando que procese sus ideas o vuelva a entrar en él.

No puedo presumir de mi universo léxico, ni de mi habilidad para cazar el sentido del texto a la primera. A veces me frustro frente a dos frases que se interponen en mi lectura por una palabra que no comprendo; intento pescar pistas del contexto para hacerme una idea general y, a la hora de la relectura, estar armado de elementos que me sirvan para comprender. No siempre lo consigo; es ahí cuando debo acudir al diccionario a resolver la duda para no estancarme y avanzar. Dentro del texto, rendirme por un bloqueo no es permitido; me desanimo sí, pero siempre estoy presto a desafiar mi automatismo lector e ir mejorando en el acto de leer. Mi avance es lento pero significativo; es necesario.

Algún día seré profesor y será mi deber enseñar a leer, invitar a los jóvenes a curiosear entre las líneas. Para eso es necesidad saber hacerlo y me falta un buen trecho para sentirme capaz de compartirle mi cómo leer a alguien. Disfruto mis lecturas en cuanto las entienda: si ésta no me dice, no me deja o no soy capaz de sacar algo, no aportará un ápice a mi universo lector y no es que me abunde. Además, llegar a un salón de clases sin un universo lector más allá del académico resulta poco productivo además de desgraciado para los muchachos a mi cargo. Por eso me reafirmo como el retazo de lector que soy; lector en proceso, en formación; aspirante a la posibilidad de trascender la lectura para, eventualmente, enseñarla.

El límite para ser un caballero

Llueve a cántaros afuera; es otro mundo. Adentro la vida fluye a gritos, órdenes, luces y un hombre con una cámara enorme corriendo por el lugar. ¡Acción! Miguel camina por un sendero cubierto de polvo gris. Las piedras de icopor le rodean y frente a él, los galeotes hechos esclavos. Sancho camina a su lado, junto a un burro, imaginario, porque todavía no lo han montado en la escena. Es muy difícil conseguir un burro y no tan difícil crearlo digitalmente. A Miguel le asquea que no haya burro y le gusta su personaje, Don Quijote. ¡Corten! Excelente, muy buen Quijote. Afuera llueve,pero en la Obra de Cervantes no llovió nunca, es curioso y da el placer de vivir.

-         Haremos la escena del Yelmo otra vez.
-         Señor director, la escena también ocurre en un exterior. La luz no queda real.
-         Eso le toca a arte. Además, querido Quijote: La vida ocurre en un escenario.

Su vida transcurrió, efectivamente, en un escenario. Bajo este. Las luces eran de colores y no puede compararlas porque no salió mucho al exterior. Mientras actúa en público o para la cámara,  los anuncios de neón que vio cuando finalmente salió del teatro se le parecen a las luces del escenario. Pero las luces estuvieron primero. Su vida está en la tarima, viendo teatro, leyendo guiones,obras de caballería y su favorita, la del Ingenioso hidalgo. Él es el único que podría hacer ese papel, lo vivió por años, lo interiorizó, dibujó su propia realidad. Frente a la cámara es el Quijote, imbatible, ingenioso y noble de Cervantes. Escena doce, ¡Acción! Miguel camina hacia el hombre que tiene el yelmo de Mambrino. Sancho, terco, ve una bacía, pero es comprensible; está embrujado y él, el pobre Sancho es un hombre sencillo. ¡Pobre Sancho! Pero la bacía debe caer en las manos correctas, en las suyas, las del Caballero Quijote; las merece. Se debate con ira hasta ahuyentar al insensato; su nobleza triunfa. ¡Corten! No se debe ceder el yelmo tan fácil, una cosa es la literatura y otra el cine; cuando se muestran las cosas se muestran exageradas,diferentes, más claras. Ambos medios tienen distintos lectores. Miguel no suelta la bacía.

-         Director, deberíamos dejar los exteriores para grabarlos afuera.
-         ¿No ve que estamos rodeados por una lluvia que muta la ciudad y la asfixia?
-         Esperemos.
-         Eso no se apaga, no me haga perder el tiempo.Escena catorce. Vaya a su puesto.

¡Acción!

Es tarde cuando sale del set de grabación. El Quijote camina por las calles hasta su apartamento. Años han pasado desde que lo echaron del teatro. Iban a demolerlo y él estaba muy viejo. Ellos  necesitaban el espacio; no podía vivir en un teatro sin actores ni público; no podía vivir en el teatro de nadie. Alquiló al apartamento a una señora con muchos gatos. Lo alquiló porque el lugar era económico, incluía dos gatos y estaba muy cerca de la zona de teatros. Al gato grande le puso Rocinante y al otro Babieca; les quedaban sus nombres.

El Quijote come medianamente bien. No cocina mucho pero el cine y el teatro le han estado pagando bien últimamente, así que se permite pedir a domicilio todos los días. No sale mucho, no le gusta hablar, solo leer escondido en su apartamento. A veces sube a jugar con la baraja española de la señora de los gatos, hasta que ella lo despacha por sueño. Luego mira cine español de caballería hasta que se aburre. Su vida está llena de calle, pero calle sin significado, calle de ciudad, de gente, de movimiento, de indiferencia. Don Quijote se cansa con facilidad y siente que las horas se pasan rápido hasta que llegan a él y justo cuando están a su lado, abren una partida de ajedrez y no siguen hasta terminarla. Pueden pasar años de su vida mirando el reloj con la misma hora. Por eso prefiere releer la obra. No quiere dejar pasar nada. Afuera llueve y piensa que en el Quijote sí llovió una vez.Trata de acordarse cuál es el momento pero el sueño precede a la respuesta y se deja caer con toda su armadura sobre la cama.

Debe estar en el set a las 8. A las siete ya está en la puerta, esperando a que abran. El Quijote madruga mucho para llegar caminando a tiempo; no viaja en el transporte moderno y arbitrario. La chica que abre llega ojerosa faltando diez y saluda sin mucho humor. Abre la puerta del set y se pierde adentro sin esperarlo. El Quijote pasa la puerta y cuelga su armadura junto a la entrada. Camina hasta el set y espera. Pronto llegan todos y comienzan a prepararse.

-         Hoy interiores para hacer feliz al Quijote. La escena de la quema de libros de primero.

Miguel se termina de organizar su bigote y sonríe al director con su peculiar megáfono en la mano. Afuera sigue lloviendo, pero esta vez es un interior; todo es más coherente, menos loco.

¡Acción!

Apuntes

Hace dos o tres años que solo me limito a observar. No visito el cuaderno donde alguna vez me senté a admirar la vida con mis palabras; ya no escribo. No sueño. El alfabeto es caótico en mis trabajos y se siente el silencio en mis cortos discursos, la ausencia de mí. El lenguaje no era un frecuente visitante de mis ideas hasta que se me ocurría contar algo y como un acto final de ilusionista, aparecía. Ahora no aparece, tampoco escribe para preguntar si sigo aquí, porque lo sabe. Sabe que soy un observador lento, sin ideas bellas ni útiles, lleno de una curiosidad sin dirección. Sabe que me he dejado asfixiar por la agonía de hacer las cosas “bien”, lo mejor posible, llenar expectativas, contar lo que vale la pena. Y bueno, observando, pienso.

Y decido que todo vale la pena para mí. Y no sé si querrás leerlo.

Ya no escribo.

Sobre la hipocresía de conocer el mundo

No se deje timar por la escuela ni la familia. Hace mucho que se les olvidó por qué y para qué actuaban de equis o yé manera. Ese cuento de que te enseñan lo correcto para ser ciudadano es basura, como la literatura moderna, el apio y la hipocresía del periodismo de escribir no-ficción. No te creas los edificios ni las calles que te muestran, no aceptes eso que ponen en los mapas ni valides las reglas de convivencia como si tal cosa. No te enamores; luego la “cagas” y tu pobre moral, como un mecanismo obsoleto y absurdo, se dispara en forma de culpa. La vida puede llegar a ser tan aburrida como una película de dos horas pero mucho más extensa. Eso si jamás dejas los prefabricados sociales y miras la calle desde un sillón.

Ahora, salir a la calle no es fácil. Roban, matan, violan y piden limosna. La ciudad es un paseo de coincidencias aleatorias, al igual que la vida misma. Y allí está el riesgo, la adrenalina, los treinta latidos por segundo que te hacen correr desde Universidades hasta el CAI rojo en unos pocos minutos. Esto sí se parece a ser ciudadano, un glóbulo con independencia en un sistema descompuesto de edificios, sí. No te enseñan en la escuela a disfrutar la vida mientras te la juegas toda, no; te enseñan a dar un paso a la vez, asentar el paso, comprar zapatos nuevos y reflexionar por diez años el siguiente. ¡Vaya mierda! La vida nunca te da tanto tiempo; toca correr.

Ser ciudadano no se limita a sentarse cinco mil horas de vida frente a un tablero intentando aprender a pensar. Se necesita experiencia, salir a jugarse la cabellera en el bosque de hierro que rodea tu hogar. Pensar no se estanca en los libros y si no entiendes para qué mierda te meten a patadas las matemáticas, te servirán tanto como las flores de plástico. Si no te haces a la idea de que la lógica de p implica q puede pasarte una autopista, seguirás desperdigando segundos por la acera mientras el puente peatonal se ríe de ti. Pensar no se aprende en los libros, en el monólogo. Luego tendrás miedo a que te discutan una sola idea porque toda tu vida trabajaste en creértela.  – Hola, qué tal, estás equivocado – No, blasfemo ¿Es qué no lees? - ¿Es que no piensas?

¿Es que no vives?

Y bueno, coño, de nuevo te digo que no te creas todo. La ciudad está llena de símbolos que  gritan sentido, pero sólo puedes acceder a ellos si esa educación que tuviste no te limitaste a creértela sino que además la significaste descaradamente – El sistema no está muy de acuerdo con que pienses mucho –. Un Pare no te incita a detenerte; te exige que tengas cuidado en una estampida de hierro y prisa. Un semáforo es un acuerdo implícito entre ciudadanos – unos más brutos que otros – para nadar la ciudad sin que un caimán se cobre varias vidas. Ser ciudad exige pensar, interpretar, observar y ser.

Quiero invitarte a que, después de leer el libro, vayas a la fuente más cercana y te sientes a seguir leyendo. Personas, imágenes, relojes, miradas, latidos, sonidos, gritos, vida en general. Quiero que te preguntes que tipo de engranaje eres y en qué mentira están atrapados todos. Luego levántate, aspira profundo toda la contaminación del “progreso”


Y continúa viviendo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Fragmento de " El Tango de la guardia vieja": Un Tango de Max...

La mujer bailaba bien, comprobó Max Costa. Suelta y con cierta audacia. Incluso se atrevió a seguirlo en un paso lateral más complicado, de fantasía, que él improvisó para tantear su pericia, y del que una mujer menos ágil habría salido poco airosa. Debía acercarse a los veinticinco años, calculó. Alta y esbelta, brazos largos, muñecas finas y piernas que se adivinaban interminables bajo la seda ligera y oscura, de reflejos color violeta, que descubría sus hombros y espalda hasta la cintura. Merced a los tacones altos que realzaban el vestido de noche, su rostro quedaba a la misma altura que el de Max: sereno, bien dibujado.  Trigueña de pelo, lo llevaba un poco ondulado según la moda exacta de esa temporada, con un corte a ras descubriendo la nuca. Al bailar mantenía la mirada inmóvil más allá del hombro de la chaqueta de frac de su pareja, donde apoyaba la mano en la que relucía un anillo de casada. Ni una sola vez, después que él se acercase con una reverencia cortés ofreciéndose para un vals lento de los que llamaban Boston, habían vuelto a mirarse a los ojos. Ella los tenía de un color miel transparente, casi líquido; realzados por la cantidad de rimmel justo – ni un toque más de lo necesario, lo mismo que el carmín de la boca – bajo el arco de unas cejas depiladas en trazo muy fino. Nada tenía que ver con las otras mujeres que Max había escoltado aquella noche en el salón de baile: señoras maduras con perfumes fuertes de lila y pachulí, y torpes jovencitas de vestido claro y falda corta que se mordían los labios esforzándose en no perder el compás, se ruborizaban cuando les ponía una mano en la cintura o batían palmas al sonar un hupa-hupa. Así que por primera vez aquella noche, el bailarín mundano del Cap Polonio empezó a divertirse con su trabajo.
No volvieron a mirarse hasta que terminó el Boston – era What I’ll Do – y la orquesta atacó el tango A media luz. Se habían quedado un momento inmóviles en la pista semivacía, uno frente al otro; y al ver que ella no regresaba a su mesa – un hombre vestido de smoking, seguramente el marido, acababa de sentarse allí – con los primeros compases él abrió los brazos y la mujer se adaptó de inmediato, impasible como antes. Apoyó la mano izquierda en su hombro, alargó con languidez el otro brazo y empezaron a moverse por la pista – deslizarse, pensó Max que era la palabra – de nuevo con los iris de color miel fijos más allá del bailarín, sin mirarlo aunque enlazada a él con una precisión asombrosa; al ritmo seguro y lento del hombre que, por su parte, procuraba mantener la distancia respetuosa y justa, el roce de cuerpos imprescindibles para componer las figuras.

-          -  Le parece bien así – preguntó tras una evolución compleja, seguida por la mujer con absoluta naturalidad.
Ella le dedicó una mirada fugaz, al fin. También, quizás, un suave apunte de sonrisa desvanecido en el acto.

-      -     Perfecto.

En los últimos años, puesto de moda en París por los bailes apaches, el tango, originalmente argentino, hacía furor a ambos lados del Atlántico. De modo que la pista no tardó en animarse de parejas que evolucionaban con mayor o menor garbo, trazando pasos, encuentros y desencuentros que, según los casos y la pericia de los protagonistas, podían ir de lo correcto a lo grotesco. La pareja de Max, sin embargo, correspondía con plena soltura a los pasos más complicados, adaptándose tanto a los movimientos clásicos, previsibles, como a los que él, cada vez más seguro de su acompañante, emprendía a veces, siempre sobrio y lento según su particular estilo, pero introduciendo cortes y simpáticos pasos de lado que ella seguía con naturalidad, sin perder el compás. Divirtiéndose también con el movimiento y la música, como era patente por la sonrisa que ahora gratificaba a Max con más frecuencia tras alguna evolución complicada y exitosa, y por la mirada dorada que de vez en cuando regresaba de su lejanía para posarse unos segundos, complacida, en el bailarín mundano.
Mientras se movían por la pista, él estudió al marido con los ojos profesionales, de cazador tranquilo. Estaba acostumbrado a hacerlo: esposos, padres, hermanos, hijos, amantes de las mujeres con las que bailaba. Hombres, en fin, que solían acompañarlas con orgullo, arrogancia, tedio, resignación u otros sentimientos igualmente masculinos. Había mucha información útil en alfileres de corbata, cadenas de reloj, pitilleras y sortijas, en el grosor de las carteras entreabiertas mientras acudían los camareros, en la calidad y corte de una chaqueta, la raya de un pantalón o el brillo de unos zapatos. Incluso en la forma de anudarse la corbata. Todo era material que permitía a Max Costa establecer métodos y objetivos al compás de la música; o, dicho de modo más prosaico, pasar de bailes de salón a posibilidades más lucrativas. El transcurso del tiempo y la experiencia habían acabado asentándolo en la opinión que siete años atrás, en Melilla, obtuvo del conde B oris Dolgoruki-Bragation – cabo segundo  legionario en la primera Bandera del Tercio de Extranjeros –, que acababa de vomitar, minuto y medio antes, una botella entera de pésimo coñac en el patio trasero del burdel de la Fátima:

-         -   Una mujer nunca es solo una mujer, querido Max. Es también, y sobre todo, los hombres que tuvo, que tiene y que podría tener. Ninguna se explica sin ellos… Y quien accede a este registro posee la clave de la caja fuerte. El resorte de sus secretos.
Dirigió un último vistazo al marido desde más cerca, cuando al concluir esa pieza acompañó a su pareja de vuelta a la mesa: elegante, seguro, pasados los cuarenta. No era un hombre guapo, pero sí de aspecto agradable con su fino y destinguido bigote, el pelo rizado un punto canoso, los ojos vivos e inteligentes que no perdieron detalle, comprobó Max, de cuanto ocurría en la pista de baile. Había buscado su nombre en la lista de reseras antes de acercarse a la mujer, cuando aún estaba sola, y el maître confirmó que se trataba del compositor español Armando de Troeye y señora: cabina especial de primera clase con suite y mesa reservada en el comedor principal, junto a la del capitán; lo que a bordo del Cap Polonio significaba mucho dinero, excelente posición social, y casi siempre ambas cosas a la vez.

-           - Ha sido un placer, señora. Baila maravillosamente.

-           - Gracias.


Hizo una inclinación de cabeza casi militar – solía agradar a las mujeres esa manera de saludar, y también la naturalidad con que tomaba sus dedos para llevarlos cerca de los labios –, a lo que ella correspondió con un asentimiento leve y frío antes de sentarse en la silla que su marido, puesto en pie, le ofrecía. Max volvió la espalda, se alisó en las sienes el reluciente pelo negro peinado hacia atrás con gomina, primero con la mano derecha y luego con la izquierda, y se alejó orillando la gente que bailaba en la pista. Caminaba con una sonrisa cortés en los labios, sin mirar a nadie pero advirtiendo en su metro setenta y nueve centímetros de estatura, vestido de impecable etiqueta – en eso había agotado sus últimos ahorros antes de embarcar con contrato de ida para el viaje a Buenos Aires –, la curiosidad femenina procedente de las mesas que algunos pasajeros ya empezaban a abandonar para dirigirse al comedor. Medio salón me detesta en este momento, concluyó entre resignado y divertido. El otro medio son mujeres.