martes, 10 de septiembre de 2013
De días que suelen irse a alguna parte
Érase una vez - Érase porque ya no es y resulta simpática la muletilla - una historia cualquiera, de esas que la gente suele olvidar porque le duelen, no los deja dormir, los acosan en los exámenes estatales o sencillamente no les importa demasiado y dejan que el tiempo la deshaga. Érase esa historia de amplias proporciones narrativas y poca fuerza literaria que de repente se empezó a cocer en la cabeza de alguien en el metro, quien, mientras leía el periódico la recordó y algo se estremeció dentro de sí. Era una tarde gris y la historia ocurrió en una tarde parecida o quizás no, pero al sujeto le afectaba, cosa que era sorprendente porque era muy bueno olvidando cualquier cosa que pudiera afectarlo. El hombre respira, duda si la historia es suya y se pregunta si se le escapó a alguna otra persona que va durmiendo en el mismo vagón o en serio es de él. Sabe que le afecta y eso le molesta; su día no fue lo suficientemente bueno para aguantar semejante barbaridad. Trata de encerrarse en su periódico pero las letras son lejanas y las acababa de entender perfectamente pero ya no las entiende. Se levanta bruscamente para detener el transporte pero falta mucho antes de la siguiente estación, se desespera lentamente y ya no piensa, solo murmura que debió haber olvidado totalmente, sin dejar pequeñas mechas para recuperar los recuerdos más adelante. Recuperar se vuelve peligroso cuando se deja minar lo olvidado de pequeñas posibilidades. El hombre se afloja la corbata, roja de rombos y vuelve a su asiento, sudando como nunca antes a pesar del fuerte aire acondicionado. Nadie lo mira, todos están absortos en llegar a la siguiente parada que está muy cerca. El metro se detiene. El hombre baja corriendo y se pierde entre la multitud. Afuera de la estación llueve a cántaros y la historia cualquiera se queda en el vagón, esperando mechas. Sabe que todas las personas viven llenas de cosas pendientes y las mechas salen a aflorar en el vacío del transporte público; luego se bajan y siguen viviendo.
martes, 2 de abril de 2013
Acerca de la Eneida y el conflicto armado de Don Pedro.
INTRODUCCIÓN
Fata viam invenient1
-Virgilio.
-Virgilio.
La novela, por emocionante
y sorpresiva que sea, siempre es en la instancia final un libro de destino;
destino en tanto que los hechos están ahí, sin la posibilidad de ser otros
hechos. Quizás no del “destino final” de los personajes en juego, pero sí de
alguno en particular, así no sea el más grandioso; así sea tan solo el destino
de comprar una bolsa de leche en la tienda de don Pedro o la amable doña
Martina que vende dos casas más allá. Ese destino es algo que está allí y del
cual el personaje no se podrá escapar y si de tan solo eso se tratara una
novela, la literatura serían las más emocionantes recetas de comidas en las que
descubrir cada ingrediente sería un nuevo reto. Pero, gracias a los dioses
romanos y el imaginario del hombre cavernícola no es así. El muchacho que va donde don Pedro encuentra
que la tienda ha sido quemada por los secuaces de doña Martina y se descubre
parte de un asesinato. Conseguir una bolsa de leche no es cosa fácil. En una
novela – olvidándonos de don Pedro – además del qué, lo que el lector, criticón
o no, disfruta, es el cómo. Y eso es lo más difícil para el escritor. Y aún más
para Virgilio que con la Eneida nos cuenta el cómo de la fundación de Roma a
través de la historia de Eneas y los ardides de los dioses, quienes interponían
mares en su camino para luego otro facilitarle un puente. El destino de Eneas
ya ha sido decidido por las Moiras y es un hilo el cual el joven no puede
cortar por las buenas. Pero algunos dioses, con la expectativa de no hacer
historias lineales, hacen y deshacen nudos con el hilito del héroe. Así, Eneas
un día se cruza con los mounstros de Ulises decidido en su destino, para luego,
al otro día cambiar, sospechosamente sus ganas de instalarse por una cama
caliente con una mujer igual de caliente y decidida a darle lo que pida. Los
dioses romanos en el destino de Eneas son el cómo de una novela cualquiera y le
darán el sazón a una historia que podría ser realmente sencilla: Eneas cumple
su destino.
El siguiente comentario
gira alrededor de tres temáticas en los cuatro primeros libros de la Eneida: El
discurso erótico de Dido hacia Eneas, las homologías entre el viaje del amable,
tolerante, comprensivo Eneas y el astuto Odiseo y finalmente, la relación entre
los dioses y los mortales en el trabajo de Virgilio.
1 El destino se abre sus rutas
(Aclaro, esta es la introducción de un trabajo en conjunto con un compañero acerca de ciertos aspectos de la Eneida. Me gustó la intro que hice así que decidí compartirla)
martes, 9 de octubre de 2012
Besos
Tu primer beso fue una flor blanca, húmeda y atractiva; hermosa y
dulce. Fue un beso corto y dañino, un beso sabio que jugaba entre unos
labios veteranos y una boca ingenua. Fue un momento, largo, corto, roto.
El instante que sabía que vendría pero estaba seguro que no ocurriría
jamás. Fueron unos segundos de un desorden practicamente ridículo para...
Pero ese fue el primero. Luego solo hubieron juegos modestos donde yo aprendía y tú te dejabas llevar humildemente. Eran flores rojas, que estaban en todas partes y que, aunque hermosas, lentamente nos cansamos de ver.
El último fue una flor negra de petalos amplios; uno que nunca vi, que nunca probé; unos besos que vinieron en forma de palabras, marcadas al rojo vivo en tu voz. Fue un beso disfrazado con una sonrisa, una promesa y un rápido adiós...
la trayectoria que seguían los eventos de nuestra amistad. Recuerdo que
te miré y parpadeaste dos veces: una con tus largas pestañas y otra con
tu boca sobre mi labio superior. Yo solo me dejé llevar, sin enredarte,
sin ser brusco, sin respirar...
Pero ese fue el primero. Luego solo hubieron juegos modestos donde yo aprendía y tú te dejabas llevar humildemente. Eran flores rojas, que estaban en todas partes y que, aunque hermosas, lentamente nos cansamos de ver.
El último fue una flor negra de petalos amplios; uno que nunca vi, que nunca probé; unos besos que vinieron en forma de palabras, marcadas al rojo vivo en tu voz. Fue un beso disfrazado con una sonrisa, una promesa y un rápido adiós...
Suerte
Cara
A su lado, viéndola dormir decidió que debía besarla. No se le ocurrió cómo. Era el segundo año que pasaba con ella y aunque la consideraba una mujer magnifica no se había tentado a pasar de compartir un buen rato de charla. Ahora estaba allí a escasos centímetros cubriendo la distancia con la tenue cereza que emanaban sus labios.
- pucha – murmuró indeciso.
Ella parpadeó y le devolvió su sonrisa cansada y amistosa. Luego se quitó las gafas y cerró los ojos. Él apretó un poco la mano que juntaban desde hace un rato sin mucha fuerza y la besó en la nariz. Luego se acomodó en su hombro y se dispuso a dormir. Contando ovejas, decidió, junto a una brizna de césped, que todavía no era el momento. Quizás no hubiera tal momento, pero le gustaba su amistad y no quería saber nada de reacciones.
Ya le bastaba con su indecisa moneda.
Cruz
Solo tenía ganas de meterle un puño. Después de tanto tiempo se daban ambos una oportunidad de intimidad y cariño y él no hacía nada. Ella llevaba su chapstick coqueto que a veces protegía y a veces invitaba desde poco más de una hora y ese tiempo también lo llevaba fingiendo dormir, de frente a él, esperando que se decidiera. Ahora se recostaba en su hombro para dormir. Abrió los ojos y vio su cabello liso cortado por encima de las orejas. Su barba rozaba un poco su pecho y su respiración lenta y caliente se deslizaba por su cuello como una caricia. Quizás no estaba tan mal.
Metió la mano libre al bolsillo y sacó una moneda.
- Cara o cruz – preguntó con voz ronca a su compañero.
- Cara –
No tiró la moneda muy alto; dio tres vueltas antes de empezar a caer, lento, hasta la palma de la mano que se cerró escondiendo la respuesta.
- ¿Qué salió? – preguntó él buscando sus ojos en la semi-oscuridad.
- Pues –miró la mano cerrada un momento y luego la guardó en el bolsillo junto a la moneda – Cara y cruz, bobo.
Cerró los ojos como las películas de amor y besó sus labios humedeciéndolos de cereza y saliva. Alguien rió cerca de ellos pero no importo. Un beso tímido, primerizo en cuestiones políticas, siguió bailando entre los dos.
Ella sonrió para sí.
A veces siempre bastaba con su decida moneda.
lunes, 1 de octubre de 2012
Carta
-
¿Salimos? A ver si te conseguís una novia.
- No
parce. Tengo que estudiar. Pa’ la próxima.
-
¡Qué le vas a creer a ese huevón! Ese man no sale nunca. Vámonos a romper el
piso de la discoteca y quién sabe qué más.
-
Bueno lárguense ya, no jodan
-
Sin trauma parce, nos vemos al rato.
- Se
cuida papi. nos hace la tarea.
Se
quedó recostado junto al cuaderno mientras las risas de sus amigos se alejaban.
Cuando llegó el silencio, saltó hasta su equipo portátil y activó su chat.
Sonrió satisfecho con los contactos en verde.
>
Hola bonita.
>>
kiubo pedro¿Se fueron tus amigos?
>
Sí, ya por fin.
>
Tengo cartas, doritos y todas las camas de la habitación J
>>
Qué bueno! Podrás dormir muy cómodo
>
ah
>
pues sí ¿no?
>
pero no quiero dormir, ¿Vienes?
>
eres mi única amiga
>>
Lo siento. Otro día nos encontramos si quieres ¿Vale?
>
Ah… qué vas a hacer? Dormirás sola? Puedo ir, estoy libre.
>>
No. Me veré con tus amigos; quiero pasarla bueno. :P
>>
Chao
El
contacto se puso en gris. Pedro se quedó mirando un rato la pantalla del
portátil y luego la cerró de un golpetazo. Cayó de espaldas sobre la cama y
miró al techo lleno de espirales. Él las había pintado junto con su mejor amigo
cuando todavía era posible seguirles el ritmo; ahora no se podía. Se mordió un
labio y se puso la almohada sobre la cabeza. Gritó ahogado un rato. Luego dejó
al silencio invadir la habitación junto a un “tac” incómodo cada segundo. Unos golpes arrítmicos
en la puerta interrumpieron su tedio. No respondió y tras unos segundos los
golpes insistieron.
-
Los integrantes de esta habitación se fueron de putas y la contestadora tiene
un sueño lo suficientemente grande como para caminar hasta la puerta. Deje su
mensaje que igual no se le atenderá. – Su grito salió por un pequeño hueco bajo
la almohada y llenó la habitación.
Los
golpes insistieron.
- Pedro…
¿Me abres? No te demoro. – una voz aguda y clara atravesó la puerta hasta el
joven. Pedro no se paró de inmediato a abrir la puerta; la hizo esperar. Cuando
finalmente atendió, ella seguí allí.
-
Hola pedro – Saludó una niña bajita con una trenza y el rostro cubierto de
acné.
-
Beatriz. ¿Te cancelaron el toque de queda o ya te incrustaron un chip de
seguimiento? Le voy a decir a tus papás.
-
Idiota. ¿Puedo pasar? – La niña lo empujó hacia atrás junto a la puerta y se
tiró en una cama. Tenía una blusa roja y los pezones marcados. Pedro empujó la
puerta con la cabeza y la cerró, luego desde una silla se quedó mirándola a los
ojos.
-
¿Se te perdió algo? – Preguntó tratando de enronquecer la voz.
- Sí. Mi primera vez, con algún idiota en esta habitación.
Pero ya no importa. ¿Te enteraste? ¡Es genial!
- ¿Genial? ¿y tiene que ver con vos? Estamos jodidos.
- Ja ja ja. Te va a tocar leerlo por payaso; no lo escucharás
de mi voz. – La niña sacó una hoja arrugada de su short. Tenía el sello roto de
la universidad en la esquina.
Pedro la arrebató y la leyó arrugando la frente, pero
conforme avanzaba esta se iba despejando. Al final había levantado las cejas y
un hueco se formaba entre ellas. Beatriz le miraba divertida.
- Por… ¿Por qué? – El joven la miró a los ojos. Luego volvió
a la carta. Emitió un largo “wooow” antes de volver a ella.
-
¡Esto es brutal! Quiero ver qué hacen mis amiguísimos. Con esto si que me toman
en serio. Nunca creí que una harpía me traería buenas noticias. – Pedro tomó la
muñeca de la niña y la levantó corriendo. Un “idiota” rápido se quedó flotando
en la habitación antes que la llenara de nuevo el silencio del reloj.
El ambiente se rompió cuando la
música se fue. Algunas personas siguieron bailando frenéticas en la pista, pero
la mayoría se quedó mirando al DJ que levantaba los hombros y señalaba un
muchacho obeso de gafas. Un grupo de jóvenes chifló y gritó al verlo, pero él
no les prestó atención; aún así las risas se volvieron canto general. El joven
aludido se aclaró la voz en el micrófono y empezó a leer de una hoja de papel
tan arrugada que podía pasar por papel higiénico mal doblado. La algarabía
persistió un rato pero luego comenzó a hundirse. El grupo que lo burlaba se
quedó callado, mirándolo como si fuera un desconocido. Alguien corrió hasta el
micrófono y lo desconectó pero el joven siguió leyendo a gritos.
Junto a él, la hija del rector
sonreía, con su trenza y su acné.
Una joven rompió en llanto y se dejó caer en la columna. El DJ gritó
tratando de callarlo, pero el discurso ya no tenía más que retórica. El daño
estaba hecho. El grupo de jóvenes burleteros se había sentado en el piso y
miraban sin fuerzas para arrepentirse. La niña puso la música de nuevo pero
nadie bailó.
El daño estaba hecho.
Noticia
Una
parvada de religiosos, disfrazados de acuerdo a su religión, rodeaba la torre
del periódico. De espaldas a esta se revolvían nerviosos, apretando símbolos de
distintas índoles en sus manos conforme la gente se iba amontonando en las
esquinas, calles, cafeterías y demás locales que rodeaban el lugar. La
muchedumbre aumentaba junto al tiempo y el sudor que se escondía bajo la ropa
de todos los reunidos. El ceño arrugado, producto del sol de medio día se
dibujaba en la frente de todos; incluso de aquellos que permanecían en la
sombra.
En
uno de los vértices de la montonera, entre ambos bandos, una chica se revolvía
nerviosa. Esperó unos minutos en la cafetería, junto a un café ajeno sin
probar. Intentó conversar con alguno de los que esperaban, pero su mirada se
perdía cada tanto en el otro grupo. Alguna persona le alcanzó a hablar de una
familia que se había roto para venir junto al periódico algunas horas antes en
otra parte antes que se decidiera a cruzar. Tomó el café ya frío de un sorbo,
se recogió el cabello con una tira roja y dejó a su compañía hablando sobre un
hijo que no tenía padres.
-
Vámonos. A ti no te van las peleas ni nada. Si quieres te leo o escuchamos tu
música. – dijo a un hombre que miraba,
desde primera línea, la gente que se amontonaba. Él sacó un pañuelo del
bolsillo trasero y secó el sudor en su cara antes de mirarla.
-
Caro – la tomó de las mejillas y la besó en la frente, humedeciendo sus labios
con el sudor de ella – quédate y cuando la muchedumbre inconforme se canse,
vamos a celebrar. Quédate, todo esto no pasa de hoy.
Caro
lo miró e intentó abrazarlo, pero varios hombres la empujaron fuera del muro
humano. Una muchacha gritó tras ella y bolas de papel periódico volaron con
fuerza hacia la torre, pero el muro no se retiró. Ella intentó abrazarlo de
nuevo y él la retuvo junto a él. No pudieron separarlos y la gente cerca cedió
con desaprobación.
-
Vámonos, por favor – dijo apretada con fuerza – Esto no me gusta, ni siquiera
lo que viene, todo es una mierda.
-
Cállate, no insultes. Esta vez podemos celebrar, cenarás lo que prepare,
haremos el amor toda la noche y mañana si quieres. Ahora sí podemos.
-
Dirás follaremos como locos toda la noche espero. No me hago a la idea de hacer
el amor, ni la guerra, ni la paz. Ahora
no quiero ni hacer la cama. Además antes ya lo hacíamos, sin permisos de
nadie; ni le preguntaste a mis padres. – Caro lo soltó y regresó a la cafetería.
Siguió mirándolo desde la sombra, indecisa si recostarse completa en la pared o
tan solo apoyar un codo. Al final se decidió por ignorar la pared.
La gente del muro había ya comenzado a recoger las bolas de
papel periódico y hacer aviones de distintos tamaños. En un momento el aire se llenó
de aviones que se precipitaban a la calle; incluso uno o dos barcos cayeron
tras volar un poco, no muy lejos de sus dueños. Caro recogió dos aviones y los
tiró en una caneca llena de papel con fuerza; luego pateó el tarro y corrió
junto al hombre.
- No te irás ¿Cierto? – preguntó buscando su mirada.
- No.
- Si te digo que seré lo que quieras, olvidaré la pasión, la
locura, el desenfreno y lavaré tu plato y tu puta ropa, ¿Aún así te quedas?
- Sí.
Caro se dejó caer en su pecho y no pudo evitar llorar. Nadie
intentó separarlos mientras la camisa se humedecía y se salaba de lágrimas. Él
tomó su rostro y la besó en la punta de la nariz; trató de consolarla con una
sonrisa.
- El tiempo se acabó, quédate conmigo.
Ella no respondió. Cruzó los brazos detrás de su cuello y
empinándose le besó cerrando los ojos. Él devolvió el beso en silencio y se
dejó llevar. Alrededor nadie los notó; todos los ojos abiertos estaban fijos en
una muchedumbre que lentamente empezaba a correr.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Megera - El sentido del odio
No estoy dispuesta a disculparme.
Las personas que juzgo lo merecen y por el contrario, yo no merezco su odio.
Cada tanto debo disfrazarme de miedo para castigar porque el miedo es la
primera parte de la condena. Luego viene un inútil arrepentimiento y la muerte,
dependiendo de lo “indulgentes” que sean los dioses. A veces me pregunto si
deberíamos molestarnos en bajar, las tres; para ellos – en particular Apolo –
casi todas nuestras “víctimas” actúan bajo su mandato y merecen el perdón. Eso
de por sí ya es una premisa idiota; independientemente de quién les ordena, el
daño cometido no se puede compensar. Son culpables por hacerlo pudiendo
evitarlo.
Dejo mi deber en el Erebo y cubro
mi cuerpo de sangre, serpientes y alguno que otro adorno ritual. Dependiendo
del clima remato con unas alas oscuras. Con todo esto, tomo mi lista y bajo a
cumplir con mi cometido. La infidelidad es abundante incluso en los dioses –
sobre todo en ellos, pero no los puedo tocar – y aun así soy la que tengo menos trabajo. Mi hermana que
castiga los delitos de sangre mantiene ocupada y con ella, nosotras. Siempre
estamos juntas así no sea el castigo de nuestra autoridad. Debemos cuidarnos.
Solo somos nosotras y nada es inmortal. Con todos esos héroes que engendran los
dioses, un día uno podría buscarnos para desmoronar el equilibro en pos de su
“justicia”. Pero por ahora la justicia somos nosotras.
Y nos odian. Tanto el que agravia
como el agraviado. Incluso todo el Olimpo por renegar su autoridad. Nosotras no
pretendemos que sea así, no lo buscamos, no lo elegimos. La sangre de un “miembro
titánico” nos dio vida y responsabilidad. Si hubiera sido distinto, hijas de un escultor, un mercader perezoso o
cualquier otro mortal, estaríamos a la merced de los dioses, amando a los
humanos, lastimándoles por error y traicionándoles por placer. Pero no pudimos
elegir y terminamos malvadas, siendo parte del Erebo, condenando y juzgando con
la muerte porque no se puede hacer un acuerdo con nadie. Nos toca jugar del
lado del odio.
Y no estoy dispuesta a
disculparme. No lo hago por placer ni por resentimiento. Es solo mi trabajo.
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