domingo, 23 de noviembre de 2014

Apuntes

Hace dos o tres años que solo me limito a observar. No visito el cuaderno donde alguna vez me senté a admirar la vida con mis palabras; ya no escribo. No sueño. El alfabeto es caótico en mis trabajos y se siente el silencio en mis cortos discursos, la ausencia de mí. El lenguaje no era un frecuente visitante de mis ideas hasta que se me ocurría contar algo y como un acto final de ilusionista, aparecía. Ahora no aparece, tampoco escribe para preguntar si sigo aquí, porque lo sabe. Sabe que soy un observador lento, sin ideas bellas ni útiles, lleno de una curiosidad sin dirección. Sabe que me he dejado asfixiar por la agonía de hacer las cosas “bien”, lo mejor posible, llenar expectativas, contar lo que vale la pena. Y bueno, observando, pienso.

Y decido que todo vale la pena para mí. Y no sé si querrás leerlo.

Ya no escribo.

Sobre la hipocresía de conocer el mundo

No se deje timar por la escuela ni la familia. Hace mucho que se les olvidó por qué y para qué actuaban de equis o yé manera. Ese cuento de que te enseñan lo correcto para ser ciudadano es basura, como la literatura moderna, el apio y la hipocresía del periodismo de escribir no-ficción. No te creas los edificios ni las calles que te muestran, no aceptes eso que ponen en los mapas ni valides las reglas de convivencia como si tal cosa. No te enamores; luego la “cagas” y tu pobre moral, como un mecanismo obsoleto y absurdo, se dispara en forma de culpa. La vida puede llegar a ser tan aburrida como una película de dos horas pero mucho más extensa. Eso si jamás dejas los prefabricados sociales y miras la calle desde un sillón.

Ahora, salir a la calle no es fácil. Roban, matan, violan y piden limosna. La ciudad es un paseo de coincidencias aleatorias, al igual que la vida misma. Y allí está el riesgo, la adrenalina, los treinta latidos por segundo que te hacen correr desde Universidades hasta el CAI rojo en unos pocos minutos. Esto sí se parece a ser ciudadano, un glóbulo con independencia en un sistema descompuesto de edificios, sí. No te enseñan en la escuela a disfrutar la vida mientras te la juegas toda, no; te enseñan a dar un paso a la vez, asentar el paso, comprar zapatos nuevos y reflexionar por diez años el siguiente. ¡Vaya mierda! La vida nunca te da tanto tiempo; toca correr.

Ser ciudadano no se limita a sentarse cinco mil horas de vida frente a un tablero intentando aprender a pensar. Se necesita experiencia, salir a jugarse la cabellera en el bosque de hierro que rodea tu hogar. Pensar no se estanca en los libros y si no entiendes para qué mierda te meten a patadas las matemáticas, te servirán tanto como las flores de plástico. Si no te haces a la idea de que la lógica de p implica q puede pasarte una autopista, seguirás desperdigando segundos por la acera mientras el puente peatonal se ríe de ti. Pensar no se aprende en los libros, en el monólogo. Luego tendrás miedo a que te discutan una sola idea porque toda tu vida trabajaste en creértela.  – Hola, qué tal, estás equivocado – No, blasfemo ¿Es qué no lees? - ¿Es que no piensas?

¿Es que no vives?

Y bueno, coño, de nuevo te digo que no te creas todo. La ciudad está llena de símbolos que  gritan sentido, pero sólo puedes acceder a ellos si esa educación que tuviste no te limitaste a creértela sino que además la significaste descaradamente – El sistema no está muy de acuerdo con que pienses mucho –. Un Pare no te incita a detenerte; te exige que tengas cuidado en una estampida de hierro y prisa. Un semáforo es un acuerdo implícito entre ciudadanos – unos más brutos que otros – para nadar la ciudad sin que un caimán se cobre varias vidas. Ser ciudad exige pensar, interpretar, observar y ser.

Quiero invitarte a que, después de leer el libro, vayas a la fuente más cercana y te sientes a seguir leyendo. Personas, imágenes, relojes, miradas, latidos, sonidos, gritos, vida en general. Quiero que te preguntes que tipo de engranaje eres y en qué mentira están atrapados todos. Luego levántate, aspira profundo toda la contaminación del “progreso”


Y continúa viviendo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Fragmento de " El Tango de la guardia vieja": Un Tango de Max...

La mujer bailaba bien, comprobó Max Costa. Suelta y con cierta audacia. Incluso se atrevió a seguirlo en un paso lateral más complicado, de fantasía, que él improvisó para tantear su pericia, y del que una mujer menos ágil habría salido poco airosa. Debía acercarse a los veinticinco años, calculó. Alta y esbelta, brazos largos, muñecas finas y piernas que se adivinaban interminables bajo la seda ligera y oscura, de reflejos color violeta, que descubría sus hombros y espalda hasta la cintura. Merced a los tacones altos que realzaban el vestido de noche, su rostro quedaba a la misma altura que el de Max: sereno, bien dibujado.  Trigueña de pelo, lo llevaba un poco ondulado según la moda exacta de esa temporada, con un corte a ras descubriendo la nuca. Al bailar mantenía la mirada inmóvil más allá del hombro de la chaqueta de frac de su pareja, donde apoyaba la mano en la que relucía un anillo de casada. Ni una sola vez, después que él se acercase con una reverencia cortés ofreciéndose para un vals lento de los que llamaban Boston, habían vuelto a mirarse a los ojos. Ella los tenía de un color miel transparente, casi líquido; realzados por la cantidad de rimmel justo – ni un toque más de lo necesario, lo mismo que el carmín de la boca – bajo el arco de unas cejas depiladas en trazo muy fino. Nada tenía que ver con las otras mujeres que Max había escoltado aquella noche en el salón de baile: señoras maduras con perfumes fuertes de lila y pachulí, y torpes jovencitas de vestido claro y falda corta que se mordían los labios esforzándose en no perder el compás, se ruborizaban cuando les ponía una mano en la cintura o batían palmas al sonar un hupa-hupa. Así que por primera vez aquella noche, el bailarín mundano del Cap Polonio empezó a divertirse con su trabajo.
No volvieron a mirarse hasta que terminó el Boston – era What I’ll Do – y la orquesta atacó el tango A media luz. Se habían quedado un momento inmóviles en la pista semivacía, uno frente al otro; y al ver que ella no regresaba a su mesa – un hombre vestido de smoking, seguramente el marido, acababa de sentarse allí – con los primeros compases él abrió los brazos y la mujer se adaptó de inmediato, impasible como antes. Apoyó la mano izquierda en su hombro, alargó con languidez el otro brazo y empezaron a moverse por la pista – deslizarse, pensó Max que era la palabra – de nuevo con los iris de color miel fijos más allá del bailarín, sin mirarlo aunque enlazada a él con una precisión asombrosa; al ritmo seguro y lento del hombre que, por su parte, procuraba mantener la distancia respetuosa y justa, el roce de cuerpos imprescindibles para componer las figuras.

-          -  Le parece bien así – preguntó tras una evolución compleja, seguida por la mujer con absoluta naturalidad.
Ella le dedicó una mirada fugaz, al fin. También, quizás, un suave apunte de sonrisa desvanecido en el acto.

-      -     Perfecto.

En los últimos años, puesto de moda en París por los bailes apaches, el tango, originalmente argentino, hacía furor a ambos lados del Atlántico. De modo que la pista no tardó en animarse de parejas que evolucionaban con mayor o menor garbo, trazando pasos, encuentros y desencuentros que, según los casos y la pericia de los protagonistas, podían ir de lo correcto a lo grotesco. La pareja de Max, sin embargo, correspondía con plena soltura a los pasos más complicados, adaptándose tanto a los movimientos clásicos, previsibles, como a los que él, cada vez más seguro de su acompañante, emprendía a veces, siempre sobrio y lento según su particular estilo, pero introduciendo cortes y simpáticos pasos de lado que ella seguía con naturalidad, sin perder el compás. Divirtiéndose también con el movimiento y la música, como era patente por la sonrisa que ahora gratificaba a Max con más frecuencia tras alguna evolución complicada y exitosa, y por la mirada dorada que de vez en cuando regresaba de su lejanía para posarse unos segundos, complacida, en el bailarín mundano.
Mientras se movían por la pista, él estudió al marido con los ojos profesionales, de cazador tranquilo. Estaba acostumbrado a hacerlo: esposos, padres, hermanos, hijos, amantes de las mujeres con las que bailaba. Hombres, en fin, que solían acompañarlas con orgullo, arrogancia, tedio, resignación u otros sentimientos igualmente masculinos. Había mucha información útil en alfileres de corbata, cadenas de reloj, pitilleras y sortijas, en el grosor de las carteras entreabiertas mientras acudían los camareros, en la calidad y corte de una chaqueta, la raya de un pantalón o el brillo de unos zapatos. Incluso en la forma de anudarse la corbata. Todo era material que permitía a Max Costa establecer métodos y objetivos al compás de la música; o, dicho de modo más prosaico, pasar de bailes de salón a posibilidades más lucrativas. El transcurso del tiempo y la experiencia habían acabado asentándolo en la opinión que siete años atrás, en Melilla, obtuvo del conde B oris Dolgoruki-Bragation – cabo segundo  legionario en la primera Bandera del Tercio de Extranjeros –, que acababa de vomitar, minuto y medio antes, una botella entera de pésimo coñac en el patio trasero del burdel de la Fátima:

-         -   Una mujer nunca es solo una mujer, querido Max. Es también, y sobre todo, los hombres que tuvo, que tiene y que podría tener. Ninguna se explica sin ellos… Y quien accede a este registro posee la clave de la caja fuerte. El resorte de sus secretos.
Dirigió un último vistazo al marido desde más cerca, cuando al concluir esa pieza acompañó a su pareja de vuelta a la mesa: elegante, seguro, pasados los cuarenta. No era un hombre guapo, pero sí de aspecto agradable con su fino y destinguido bigote, el pelo rizado un punto canoso, los ojos vivos e inteligentes que no perdieron detalle, comprobó Max, de cuanto ocurría en la pista de baile. Había buscado su nombre en la lista de reseras antes de acercarse a la mujer, cuando aún estaba sola, y el maître confirmó que se trataba del compositor español Armando de Troeye y señora: cabina especial de primera clase con suite y mesa reservada en el comedor principal, junto a la del capitán; lo que a bordo del Cap Polonio significaba mucho dinero, excelente posición social, y casi siempre ambas cosas a la vez.

-           - Ha sido un placer, señora. Baila maravillosamente.

-           - Gracias.


Hizo una inclinación de cabeza casi militar – solía agradar a las mujeres esa manera de saludar, y también la naturalidad con que tomaba sus dedos para llevarlos cerca de los labios –, a lo que ella correspondió con un asentimiento leve y frío antes de sentarse en la silla que su marido, puesto en pie, le ofrecía. Max volvió la espalda, se alisó en las sienes el reluciente pelo negro peinado hacia atrás con gomina, primero con la mano derecha y luego con la izquierda, y se alejó orillando la gente que bailaba en la pista. Caminaba con una sonrisa cortés en los labios, sin mirar a nadie pero advirtiendo en su metro setenta y nueve centímetros de estatura, vestido de impecable etiqueta – en eso había agotado sus últimos ahorros antes de embarcar con contrato de ida para el viaje a Buenos Aires –, la curiosidad femenina procedente de las mesas que algunos pasajeros ya empezaban a abandonar para dirigirse al comedor. Medio salón me detesta en este momento, concluyó entre resignado y divertido. El otro medio son mujeres.

martes, 10 de septiembre de 2013

No soy una chica fácil

Guapo,

No estoy segura como te llames, o si te llames siquiera. Quiero escribirte porque algo  me pide a gritos que lo haga. No encuentro el ánimo para hablarte. No aspiro me leas.

A pesar de todo, no soy una chica fácil. Necesito dinero y esto me va bien. Además, me resulta agradable pensar que significo para algún fan en alguna parte del mundo; no será mi padre, pero por lo menos, alguien. ¿Sabes? Deberías ser tú. Eso evitaría malos entendidos cuando te pido algo. ¡Nunca te ordeno! Necesito que seas fuerte por mí en algunos momentos cuando no me basto. Te necesito a mi lado para que organices el escenario de la siguiente grabación. Y siempre te lo pido y siempre vienes. Pero no te ordeno, créelo.

 Alguna vez, cuando tenía el dinero y estudiaba, me gustaba pensar en un chico que solo se fijara en mí, al cual pudiera abrazarme cuando helaba mi alma así el calor nos hiciera sudar a todos. No lo encontré y cuando ya no todo estuvo tan bien, arrastré mi mundo como pude, saltando entre personas con los mismos deseos; con las mismas mentiras. Ahora de nuevo, tengo algo de dinero, pero ya no me queda futuro. Mis sueños se limitana verte a mi lado, después de una escena violenta, abrazado a mí, murando con esa voz con la que dices “Vale” en todas las tonalidades posibles, que todo está bien, que junto a ti me sentiré limpia, que soy tu única persona importante y que estás allí. Pero la vida es un parpadeo y detrás del rímel, después de abrir los ojos, sigue el hombre de siempre, desnudo, esperándome para la siguiente escena.

¿Sabes? Quiero creer que la vida no es tan vana. Quiero empezar de cero con alguien que, al igual que yo haya tocado fondo y quiera salir de allí. No creo que hayas caído como yo o si te importe dónde estás, pero creo que si te sobra tristeza, dolor, sueños y un poco de esperanza, podemos compartir y cubrirnos las heridas con retazos de ropa que robemos del set. Eres el hombre que necesito porque a diferencia del resto, tú sigues allí, organizando todo para que la película siga adelante. Sigues con tu sueldo mísero, rodeado de una pasión que no te adscribe. Y yo quiero compartirte esa pasión, que superficial, sigue siendo pasión a pesar de todo. ¿Te interesa?

No soy una chica fácil. Pero no me complicaré; cuando vale la pena no tiene sentido ponerle trabas a todo; aun más cuando se está en el fondo del fondo. Quiero darme una oportunidad, la última quizás, contigo. Darme una noche sincera, donde mi voz te pertenezca y no sea producto de la práctica diaria siempre en el mismo dialogo. Quiero que nos demos una noche o una semana o un mes o toda la vida. ¿Te suena?

Podemos empezar con una pizza… 

Blanca

Descuida

No aflijas,
El humo se deshace
Y las cenizas no arden de nuevo.

Si está en tu anhelo
puedes marcar tu paso
ser tu peso e ir a hacia adelante,
a la izquierda, incluso a la derecha
dar vueltas en tu propio pasado,
hojas húmedas y muertas
que no arderán.

El bosque será niebla
y luego bosque de nuevo bajo la lluvia.
Será vida herida y renovada,
miedo de supervivencia,
frenesí de hogar y confianza.
Si así lo quieres, todavía está tu cueva
un poco más oscura,
mucho más sola.

Cuando muera el cielo
en brío helado y denso,
hará un poco de memorias huecas.
El fuego arderá a escondidas,
temeroso de ser,
bajo la fría muerte,
bosque otra vez.

Descuida.
Pronto habrá hojas secas
y las cenizas serán tierra fértil.

Descuida.
El bosque siempre sabrá
lo que el viento no susurra.

De días que suelen irse a alguna parte

Érase una vez - Érase porque ya no es y resulta simpática la muletilla - una historia cualquiera, de esas que la gente suele olvidar porque le duelen, no los deja dormir, los acosan en los exámenes estatales o sencillamente no les importa demasiado y dejan que el tiempo la deshaga. Érase esa historia de amplias proporciones narrativas y poca fuerza literaria que de repente se empezó a cocer en la cabeza de alguien en el metro, quien, mientras leía el periódico la recordó y algo se estremeció dentro de sí. Era una tarde gris y la historia ocurrió en una tarde parecida o quizás no, pero al sujeto le afectaba, cosa que era sorprendente porque era muy bueno olvidando cualquier cosa que pudiera afectarlo. El hombre respira, duda si la historia es suya y se pregunta si se le escapó a alguna otra persona que va durmiendo en el mismo vagón o en serio es de él. Sabe que le afecta y eso le molesta; su día no fue lo suficientemente bueno para aguantar semejante barbaridad. Trata de encerrarse en su periódico pero las letras son lejanas y las acababa de entender perfectamente pero ya no las entiende. Se levanta bruscamente para detener el transporte pero falta mucho antes de la siguiente estación, se desespera lentamente y ya no piensa, solo murmura que debió haber olvidado totalmente, sin dejar pequeñas mechas para recuperar los recuerdos más adelante. Recuperar se vuelve peligroso cuando se deja minar lo olvidado de pequeñas posibilidades. El hombre se afloja la corbata, roja de rombos y vuelve a su asiento, sudando como nunca antes a pesar del fuerte aire acondicionado. Nadie lo mira, todos están absortos en llegar a la siguiente parada que está muy cerca. El metro se detiene. El hombre baja corriendo y se pierde entre la multitud. Afuera de la estación llueve a cántaros y la historia cualquiera se queda en el vagón, esperando mechas. Sabe que todas las personas viven llenas de cosas pendientes y las mechas salen a aflorar en el vacío del transporte público; luego se bajan y siguen viviendo.

martes, 2 de abril de 2013

Acerca de la Eneida y el conflicto armado de Don Pedro.


INTRODUCCIÓN

Fata viam invenient1
-Virgilio.

La novela, por emocionante y sorpresiva que sea, siempre es en la instancia final un libro de destino; destino en tanto que los hechos están ahí, sin la posibilidad de ser otros hechos. Quizás no del “destino final” de los personajes en juego, pero sí de alguno en particular, así no sea el más grandioso; así sea tan solo el destino de comprar una bolsa de leche en la tienda de don Pedro o la amable doña Martina que vende dos casas más allá. Ese destino es algo que está allí y del cual el personaje no se podrá escapar y si de tan solo eso se tratara una novela, la literatura serían las más emocionantes recetas de comidas en las que descubrir cada ingrediente sería un nuevo reto. Pero, gracias a los dioses romanos y el imaginario del hombre cavernícola no es así.  El muchacho que va donde don Pedro encuentra que la tienda ha sido quemada por los secuaces de doña Martina y se descubre parte de un asesinato. Conseguir una bolsa de leche no es cosa fácil. En una novela – olvidándonos de don Pedro – además del qué, lo que el lector, criticón o no, disfruta, es el cómo. Y eso es lo más difícil para el escritor. Y aún más para Virgilio que con la Eneida nos cuenta el cómo de la fundación de Roma a través de la historia de Eneas y los ardides de los dioses, quienes interponían mares en su camino para luego otro facilitarle un puente. El destino de Eneas ya ha sido decidido por las Moiras y es un hilo el cual el joven no puede cortar por las buenas. Pero algunos dioses, con la expectativa de no hacer historias lineales, hacen y deshacen nudos con el hilito del héroe. Así, Eneas un día se cruza con los mounstros de Ulises decidido en su destino, para luego, al otro día cambiar, sospechosamente sus ganas de instalarse por una cama caliente con una mujer igual de caliente y decidida a darle lo que pida. Los dioses romanos en el destino de Eneas son el cómo de una novela cualquiera y le darán el sazón a una historia que podría ser realmente sencilla: Eneas cumple su destino.
El siguiente comentario gira alrededor de tres temáticas en los cuatro primeros libros de la Eneida: El discurso erótico de Dido hacia Eneas, las homologías entre el viaje del amable, tolerante, comprensivo Eneas y el astuto Odiseo y finalmente, la relación entre los dioses y los mortales en el trabajo de Virgilio.

1 El destino se abre sus rutas


(Aclaro, esta es la introducción de un trabajo en conjunto con un compañero acerca de ciertos aspectos de la Eneida. Me gustó la intro que hice así que decidí compartirla)