Nos acostumbramos a la gente que amamos. Pero lo normal cambia. Todo el tiempo se está transformando. No amamos de la misma manera, no soñamos de la misma manera, no somos las mismas personas. La falacia de madurar está relacionada con reconocer que la vida, como el río de Heráclito, está en constante movimiento. Antonio machado soñaba con una vida que se construye paso a paso, sin avisar a nadie, sin explicarle a aquellos que nos importan la dirección que estamos tomando. Y la muerte es inevitable. Y desgarradora. Pero más que ser nuestros propios deseos, también somos las expectativas que los demás han puesto sobre nosotros; es como si fuésemos nosotros y además fuésemos todos los que amamos.
Mi madre no murió un noviembre de hace varios años mientras me decía que me amaba.martes, 1 de diciembre de 2020
sábado, 14 de septiembre de 2019
Mientras caemos
Podríamos armar bellas historias con todas las palabras que
no decimos. Coger todos esos discursos que no nos parecieron adecuados, esos en
los que pusimos silencios para adecuar la estética de nuestra realidad y
escribir. ¿Cuántos textos enteros se redujeron a un “te amo” puntual que
esperabas pudiese significar todo lo que no querías decir? Podríamos armar
novelas enteras, crear un Mr. Darcy y una Elizabeth que conversan en diálogos
geniales bajo el diluvio de alguna duda. Podríamos, pero preferimos llenarnos
de silencio hasta que se deforme nuestro rostro y se caiga el cabello.
En el espejo me veo más ojeroso que hace algunos años. ¿Habrá
palabras escondidas bajo mis ojos? Quiero creer que, sencillamente, la relación
con mi espejo jamás fue la mejor. No tengo criterios para decidir si estoy bien
pero debo preparar una respuesta; eventualmente alguien me lo preguntará y responderé
de manera que se lo crea. “Bien”, “bien”, “bien”, “no preguntes, no quiero
responderte, no sé si me siento bien o mal o si debería importarme pero deseo
que me dejes en paz y perdones mi desinterés por saber cómo estás tú”. Sonrío,
es más fácil; memoria muscular del pasado, por allá cuando desdibujaron la
definición de felicidad con el codo y solo quedó un manchón. Me gustaría odiar
sin consecuencia.
Somos silencio. Me he convencido de ello. Somos más las
cosas que no decimos que aquellas de las que estamos seguros. Soy un texto
lleno de borrones mal hechos, el texto de alguien que no le puede importar
menos la coherencia de sí mismo, la sintaxis, la cohesión el ritmo, todo. Él
borra cuando le parece necesario, así con artículos, adjetivos, adverbios,
palabras, miedos. Y el texto, ese que soy yo, es extraño. Tan extraño que nadie
se toma la molestia de leerlo porque ni él mismo puede resolver su conflicto
informativo.
“Hola, me llaman Panda. No es mi nombre pero es como me
refieren los demás. En este mundo donde los otros te construyen me he vuelto
Panda y he olvidado mi nombre así que no te lo daré. En este texto el primer
silencio es nominativo. El siguiente es de orden emocional y resume toda la
historia: “Te amo”. Las cosas que no digo te darán una idea de que no todo está
tan bien como te gustaría calificar mi estado de ánimo cada vez que me ves.
Pero no importa, no importa que no sepas leer y que no te importe el segundo
que me tomo aspirando para responder. Espero que tú estés bien. No te preocupes
que no notaré que te atragantas un poco para expresarte. Relájate: no significa
algo para mí, tampoco me importas. En este mundo solo eres otra etiqueta.
Me llaman Panda. Es un gusto conocerte.”
sábado, 25 de agosto de 2018
Texto
El final llegó demasiado pronto. Ni siquiera tenía un punto
de referencia, ni una medida, ni nada. Solo sé que llegó de sorpresa y fue
demasiado pronto. Lo supe en ese momento; supe que faltaba mucho más, que
aplacé tanto mi propia vida que se consumió en una sala de espera. Llevo
treinta años convencido de que siempre hay un más tarde, un después, convencido
de que mientras esté cómodo no hay problema. Hoy es mañana. Son las tres de la
oscuridad y te lloro; te lloro apenas ahora porque apenas comprendo que siempre
estuviste de última. Y ya no estás. No esperaste y te fuiste como tantas veces
hice, y, como yo, tampoco regresaste. Me ha quedado un libro de tareas
pendientes, una vida de compromisos conmigo mismo que no sé cómo cumplir porque
estabas en todos. Me he quedado paralizado, tirado en el suelo sin saber qué
hacer con mi vida. Las personas que me importan están en la sala de espera y yo
sufro por esa mujer que se fue, esa mujer a la que quería mostrar todos mis
logros, esa persona a la que algún día
iba a hacer sentir orgullosa.
Ni siquiera alcanzaste a ir a mi grado. Y yo me quedé
congelado, con el título en la mano, sin haberme graduado jamás.
miércoles, 9 de agosto de 2017
Escena de él en el restaurante
El 23 de junio llovió en
la ciudad. A él le pareció un mal desarrollo, sentado del lado seco del espejo
urbano, mientras la esperaba a ella en un restaurante. Leyó la carta un par de
veces y detalló el lugar, a los meseros, el acuario que había entre la cocina y
ellos. Contó las gotas que chocaban contra el cristal y se preguntó de qué
carajos podía hablarle. De mujeres, de cosas como las uñas, la belleza, la
ropa. Miró su vestido. Una camisa gris por fuera, unos pantalones de drill dos
tallas más grandes y unas zapatillas. Le hablaría de la carta, se decidió. Le
recomendaría pescado, Coca-Cola con un poco de limón y helado de postre. Había
leído en una novela de Pérez-Reverte que el hombre siempre debía saber un poco
más de lo que aparentaba. Saber más, ir un paso adelante. Le pareció que el
encuentro sería una partida de ajedrez, y que, por primera vez, él iba
predispuesto a perder. La puerta se abrió con violencia y ella entró junto a la
tarde lluviosa. Él notó, resignado a su derrota, que él abrigo que ella traía
puesto, con sugerentes parches de colores, era mucho menor que él.
Llegó una hora antes de
lo acordado al restaurante en la calle Ronda. Se registró, pidió una copa de
vino al azar y anunció que esperaría a su compañera para ordenar. La mesa que
su editor había elegido estaba al lado de la ventana. El sol daba sobre ella
como si hubiera decidido condenarlos a un enfermo voyerismo galáctico. Se
imaginó el cotilleo entre los planetas, comentando su encuentro como un evento
que podría cambiar el orden del universo. El mesero puso el vino sobre la mesa
y se retiró. Él los ignoró a ambos. Afuera, la lluvia empezaba a golpear contra
el cristal, intentando impedir el encuentro. De qué hablaría con esa mujer,
pensó. De la conspiración planetaria que lo había obligado a escribir una
novela llena de absurdos. Del sol, de la lluvia, de la tarde que se iba. De la
impuntualidad. Pensó que, de alguna manera, se había vuelto adicto a perder
todas las partidas de ajedrez. Miró el vino, aspiró su aroma y lo probó. Sabía
a azufre.
viernes, 9 de junio de 2017
Textos perdidos...
Me hace falta escribir sobre cosas serias, decís. Parafrasear mis opiniones sobre la realidad y contrastar lo que dice aqueste acerca de cierto asunto totalmente relevante. Y yo no lo hago; me la paso diciendo banalidades sobre esas cosas cotidianas que nos tocan a vos o a mí. Un robo, una ciudad atrapada en una cámara, un montón de cansancio, los votos que se derramaron hacia atrás, mis noches, tus mañanas, los gatos. Yo hablo de todas estas pendejadas que a vos te parecen un reloj análogo sin manecillas, ese voto por un candidato que con suerte quedó de tercero y no podés hacer más que criticarme, mirarme por lo alto y ver las noticias; querés estar a la moda con lo que se debe decir, "actual". Equivocarse sigue siendo bastante actual ¿No? El problema es que la gente - y vos también - quieren aparecer en el Espectador, recibir un Guinness por usar más palabras desconocidas en un solo párrafo y pasar a la historia; quieren inmortalizarse como un Heidegger criollo. A mí me tocó estar de paso y hablar de lo que conozco: y es bastante poco. Quizás por eso amontono en mi mesa lo que escribo y te leo a vos, para aprender, conocer un poco más del mundo, obligarme a ampliar mi léxico con tus disertaciones encriptadas. Quizás por eso soy poco serio y hago un uso mediocre del diccionario al decir las cosas, porque quiero, que si algún día dejo que me lean, puedan entenderme todos sin ningún tipo de enredos "vetustos". Quizás, o definitivamente por eso hablo de lo que nos acontece a diario: porque de eso, lo cotidiano, sabemos todos.
sábado, 22 de abril de 2017
¡Hola!
Hace tres años no escribo más que un texto anual para
publicar aquí. Mi tesis lleva dos años y ya está terminada. Sé que esto no es
un lugar para poner este tipo de comentarios pero me siento bien y quiero
contarle a mis lectores – olvidados totalmente – que vuelvo a la escritura.
Este año escribiré mucho, quizás tanto o más de lo que creé para cuando abrí
este blog. Es tiempo de recoger toda mi experiencia y dejarme llevar, navegar
de un lado a otro buscando historias. Espero me lean. ¡Un fuerte abrazo!
viernes, 21 de abril de 2017
Leona
Hace mucho que sólo escribo textos académicos; no he tenido
tiempo para más. Hoy vi una publicación tuya y pensé que me hacías mucha falta,
que de alguna manera me importabas mucho más de lo que creía. Fuiste mi sobrina
favorita desde que te conocí. Ahora, sin la institución de por medio y nuestras
diferencias, hemos caído en un olvido sistemático.
Feliz navidad, leona.
Feliz año nuevo, panda.
Silencio. En mi computador suena la obra del Cascanueces, va
por el “Pas de deux”. Quizás por eso me arriesgo a escribir. El pasado 2016 fui
a verte ser parte del coro en una obra hermosa y triste; había trabajado todo
el día y estaba agotado, por lo que no pude evitar dormirme. Me viste desde
lejos y, junto a esa chica que nos conoce a los dos, te burlaste de mí. Luego
ella me contaría. En mi sueño siempre te burlas; en mi sueño te importo. Luego despierto y la obra ha
acabado, los músicos no están, el coro se ha ido. Salgo bostezando y no te
busco. Voy pensando que todo es una metáfora de nuestra vida juntos, que sólo
estoy despierto cuando ya te has ido, cuando te has cansado de esperar mi risa y
mis chanzas. Soy un personaje sin desvelo, ese que ya no se entera de nada
.
¿Viajarás este año?
No, pandita. Iré sólo a vacaciones. ¡Mi madre me ha comprado
mucha ropa!
Quédate. Quédate. Quédate. Aquí, conmigo, no vayas a ese
lado del mundo donde tu vida será mejor. No digo eso, sonrío y te deseo las mejores
vacaciones. Quiero gritarte que me des un abrazo, me beses, veas una película
conmigo. Pero también deseo que huyas lejos y encuentres tu propia vida, tus
sueños, tu voluntad. Adiós, nos veremos el otro año, leona. Beso leve en la
mejilla y cae el telón. Fue un buen montaje.
No te volví a ver, ni hablar después. También abandoné las
partidas de rol donde te encontraba por medio de él, Santiago, brillante
flautista y persona. Es abril de 2017 y ya no sé de ti, excepto por esa
publicación. Escuchaba Extremoduro en mi cuarto y terminé frente al computador
escuchando a Tchaikovsky, escribiendo una carta que no deseo entregarte. Han
pasado varios minutos desde que te bloqueé como un niño que huye de sus miedos.
Vine aquí a despedirme, a cerrar el ciclo, a respetar la decisión de arrancarte
de mi vida. El cine, el manga rosa, la literatura contemporánea defienden la
idea de que no tengo poder sobre mi crimen. Pero se equivocan: puedo hacerlo
sin tu consentimiento porque no te importa.
Adiós leona. Ya no es necesario coincidir más, no te debes
preocupar por encontrarme. Si lo haces ignórame. El telón cerró hace un par de
meses y no quiero seguir escribiéndote líneas de diálogo. Adiós leona. ¡Y buen
viaje!
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