martes, 1 de diciembre de 2020

Sencillo texto de ansiedad

 Nos acostumbramos a la gente que amamos. Pero lo normal cambia. Todo el tiempo se está transformando. No amamos de la misma manera, no soñamos de la misma manera, no somos las mismas personas. La falacia de madurar está relacionada con reconocer que la vida, como el río de Heráclito, está en constante movimiento. Antonio machado soñaba con una vida que se construye paso a paso, sin avisar a nadie, sin explicarle a aquellos que nos importan la dirección que estamos tomando. Y la muerte es inevitable. Y desgarradora. Pero más que ser nuestros propios deseos, también somos las expectativas que los demás han puesto sobre nosotros; es como si fuésemos nosotros y además fuésemos todos los que amamos.

Mi madre no murió un noviembre de hace varios años mientras me decía que me amaba.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Mientras caemos


Podríamos armar bellas historias con todas las palabras que no decimos. Coger todos esos discursos que no nos parecieron adecuados, esos en los que pusimos silencios para adecuar la estética de nuestra realidad y escribir. ¿Cuántos textos enteros se redujeron a un “te amo” puntual que esperabas pudiese significar todo lo que no querías decir? Podríamos armar novelas enteras, crear un Mr. Darcy y una Elizabeth que conversan en diálogos geniales bajo el diluvio de alguna duda. Podríamos, pero preferimos llenarnos de silencio hasta que se deforme nuestro rostro y se caiga el cabello.

En el espejo me veo más ojeroso que hace algunos años. ¿Habrá palabras escondidas bajo mis ojos? Quiero creer que, sencillamente, la relación con mi espejo jamás fue la mejor. No tengo criterios para decidir si estoy bien pero debo preparar una respuesta; eventualmente alguien me lo preguntará y responderé de manera que se lo crea. “Bien”, “bien”, “bien”, “no preguntes, no quiero responderte, no sé si me siento bien o mal o si debería importarme pero deseo que me dejes en paz y perdones mi desinterés por saber cómo estás tú”. Sonrío, es más fácil; memoria muscular del pasado, por allá cuando desdibujaron la definición de felicidad con el codo y solo quedó un manchón. Me gustaría odiar sin consecuencia.

Somos silencio. Me he convencido de ello. Somos más las cosas que no decimos que aquellas de las que estamos seguros. Soy un texto lleno de borrones mal hechos, el texto de alguien que no le puede importar menos la coherencia de sí mismo, la sintaxis, la cohesión el ritmo, todo. Él borra cuando le parece necesario, así con artículos, adjetivos, adverbios, palabras, miedos. Y el texto, ese que soy yo, es extraño. Tan extraño que nadie se toma la molestia de leerlo porque ni él mismo puede resolver su conflicto informativo.

“Hola, me llaman Panda. No es mi nombre pero es como me refieren los demás. En este mundo donde los otros te construyen me he vuelto Panda y he olvidado mi nombre así que no te lo daré. En este texto el primer silencio es nominativo. El siguiente es de orden emocional y resume toda la historia: “Te amo”. Las cosas que no digo te darán una idea de que no todo está tan bien como te gustaría calificar mi estado de ánimo cada vez que me ves. Pero no importa, no importa que no sepas leer y que no te importe el segundo que me tomo aspirando para responder. Espero que tú estés bien. No te preocupes que no notaré que te atragantas un poco para expresarte. Relájate: no significa algo para mí, tampoco me importas. En este mundo solo eres otra etiqueta.

Me llaman Panda. Es un gusto conocerte.”

sábado, 25 de agosto de 2018

Texto


El final llegó demasiado pronto. Ni siquiera tenía un punto de referencia, ni una medida, ni nada. Solo sé que llegó de sorpresa y fue demasiado pronto. Lo supe en ese momento; supe que faltaba mucho más, que aplacé tanto mi propia vida que se consumió en una sala de espera. Llevo treinta años convencido de que siempre hay un más tarde, un después, convencido de que mientras esté cómodo no hay problema. Hoy es mañana. Son las tres de la oscuridad y te lloro; te lloro apenas ahora porque apenas comprendo que siempre estuviste de última. Y ya no estás. No esperaste y te fuiste como tantas veces hice, y, como yo, tampoco regresaste. Me ha quedado un libro de tareas pendientes, una vida de compromisos conmigo mismo que no sé cómo cumplir porque estabas en todos. Me he quedado paralizado, tirado en el suelo sin saber qué hacer con mi vida. Las personas que me importan están en la sala de espera y yo sufro por esa mujer que se fue, esa mujer a la que quería mostrar todos mis logros, esa persona  a la que algún día iba a hacer sentir orgullosa.

Ni siquiera alcanzaste a ir a mi grado. Y yo me quedé congelado, con el título en la mano, sin haberme graduado jamás.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Escena de él en el restaurante


El 23 de junio llovió en la ciudad. A él le pareció un mal desarrollo, sentado del lado seco del espejo urbano, mientras la esperaba a ella en un restaurante. Leyó la carta un par de veces y detalló el lugar, a los meseros, el acuario que había entre la cocina y ellos. Contó las gotas que chocaban contra el cristal y se preguntó de qué carajos podía hablarle. De mujeres, de cosas como las uñas, la belleza, la ropa. Miró su vestido. Una camisa gris por fuera, unos pantalones de drill dos tallas más grandes y unas zapatillas. Le hablaría de la carta, se decidió. Le recomendaría pescado, Coca-Cola con un poco de limón y helado de postre. Había leído en una novela de Pérez-Reverte que el hombre siempre debía saber un poco más de lo que aparentaba. Saber más, ir un paso adelante. Le pareció que el encuentro sería una partida de ajedrez, y que, por primera vez, él iba predispuesto a perder. La puerta se abrió con violencia y ella entró junto a la tarde lluviosa. Él notó, resignado a su derrota, que él abrigo que ella traía puesto, con sugerentes parches de colores, era mucho menor que él.



Llegó una hora antes de lo acordado al restaurante en la calle Ronda. Se registró, pidió una copa de vino al azar y anunció que esperaría a su compañera para ordenar. La mesa que su editor había elegido estaba al lado de la ventana. El sol daba sobre ella como si hubiera decidido condenarlos a un enfermo voyerismo galáctico. Se imaginó el cotilleo entre los planetas, comentando su encuentro como un evento que podría cambiar el orden del universo. El mesero puso el vino sobre la mesa y se retiró. Él los ignoró a ambos. Afuera, la lluvia empezaba a golpear contra el cristal, intentando impedir el encuentro. De qué hablaría con esa mujer, pensó. De la conspiración planetaria que lo había obligado a escribir una novela llena de absurdos. Del sol, de la lluvia, de la tarde que se iba. De la impuntualidad. Pensó que, de alguna manera, se había vuelto adicto a perder todas las partidas de ajedrez. Miró el vino, aspiró su aroma y lo probó. Sabía a azufre.

viernes, 9 de junio de 2017

Textos perdidos...

Me hace falta escribir sobre cosas serias, decís. Parafrasear mis opiniones sobre la realidad y contrastar lo que dice aqueste acerca de cierto asunto totalmente relevante. Y yo no lo hago; me la paso diciendo banalidades sobre esas cosas cotidianas que nos tocan a vos o a mí. Un robo, una ciudad atrapada en una cámara, un montón de cansancio, los votos que se derramaron hacia atrás, mis noches, tus mañanas, los gatos. Yo hablo de todas estas pendejadas que a vos te parecen un reloj análogo sin manecillas, ese voto por un candidato que con suerte quedó de tercero y no podés hacer más que criticarme, mirarme por lo alto y ver las noticias; querés estar a la moda con lo que se debe decir, "actual". Equivocarse sigue siendo bastante actual ¿No? El problema es que la gente - y vos también - quieren aparecer en el Espectador, recibir un Guinness por usar más palabras desconocidas en un solo párrafo y pasar a la historia; quieren inmortalizarse como un Heidegger criollo. A mí me tocó estar de paso y hablar de lo que conozco: y es bastante poco. Quizás por eso amontono en mi mesa lo que escribo y te leo a vos, para aprender, conocer un poco más del mundo, obligarme a ampliar mi léxico con tus disertaciones encriptadas. Quizás por eso soy poco serio y hago un uso mediocre del diccionario al decir las cosas, porque quiero, que si algún día dejo que me lean, puedan entenderme todos sin ningún tipo de enredos "vetustos". Quizás, o definitivamente por eso hablo de lo que nos acontece a diario: porque de eso, lo cotidiano, sabemos todos.

sábado, 22 de abril de 2017

¡Hola!

Hace tres años no escribo más que un texto anual para publicar aquí. Mi tesis lleva dos años y ya está terminada. Sé que esto no es un lugar para poner este tipo de comentarios pero me siento bien y quiero contarle a mis lectores – olvidados totalmente – que vuelvo a la escritura. Este año escribiré mucho, quizás tanto o más de lo que creé para cuando abrí este blog. Es tiempo de recoger toda mi experiencia y dejarme llevar, navegar de un lado a otro buscando historias. Espero me lean. ¡Un fuerte abrazo!

viernes, 21 de abril de 2017

Leona

Hace mucho que sólo escribo textos académicos; no he tenido tiempo para más. Hoy vi una publicación tuya y pensé que me hacías mucha falta, que de alguna manera me importabas mucho más de lo que creía. Fuiste mi sobrina favorita desde que te conocí. Ahora, sin la institución de por medio y nuestras diferencias, hemos caído en un olvido sistemático.

Feliz navidad, leona.

Feliz año nuevo, panda.

Silencio. En mi computador suena la obra del Cascanueces, va por el “Pas de deux”. Quizás por eso me arriesgo a escribir. El pasado 2016 fui a verte ser parte del coro en una obra hermosa y triste; había trabajado todo el día y estaba agotado, por lo que no pude evitar dormirme. Me viste desde lejos y, junto a esa chica que nos conoce a los dos, te burlaste de mí. Luego ella me contaría. En mi sueño siempre te burlas; en mi sueño te importo. Luego despierto y la obra ha acabado, los músicos no están, el coro se ha ido. Salgo bostezando y no te busco. Voy pensando que todo es una metáfora de nuestra vida juntos, que sólo estoy despierto cuando ya te has ido, cuando te has cansado de esperar mi risa y mis chanzas. Soy un personaje sin desvelo, ese que ya no se entera de nada
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¿Viajarás este año?

No, pandita. Iré sólo a vacaciones. ¡Mi madre me ha comprado mucha ropa!

Quédate. Quédate. Quédate. Aquí, conmigo, no vayas a ese lado del mundo donde tu vida será mejor. No digo eso, sonrío y te deseo las mejores vacaciones. Quiero gritarte que me des un abrazo, me beses, veas una película conmigo. Pero también deseo que huyas lejos y encuentres tu propia vida, tus sueños, tu voluntad. Adiós, nos veremos el otro año, leona. Beso leve en la mejilla y cae el telón. Fue un buen montaje.

No te volví a ver, ni hablar después. También abandoné las partidas de rol donde te encontraba por medio de él, Santiago, brillante flautista y persona. Es abril de 2017 y ya no sé de ti, excepto por esa publicación. Escuchaba Extremoduro en mi cuarto y terminé frente al computador escuchando a Tchaikovsky, escribiendo una carta que no deseo entregarte. Han pasado varios minutos desde que te bloqueé como un niño que huye de sus miedos. Vine aquí a despedirme, a cerrar el ciclo, a respetar la decisión de arrancarte de mi vida. El cine, el manga rosa, la literatura contemporánea defienden la idea de que no tengo poder sobre mi crimen. Pero se equivocan: puedo hacerlo sin tu consentimiento porque no te importa.


Adiós leona. Ya no es necesario coincidir más, no te debes preocupar por encontrarme. Si lo haces ignórame. El telón cerró hace un par de meses y no quiero seguir escribiéndote líneas de diálogo. Adiós leona. ¡Y buen viaje!