martes, 29 de marzo de 2011

Luz del Ocaso

La luz del ocaso cubrió los cadáveres con los pocos rayos que aun podía emitir. Había visto ya demasiada destrucción. Recordaba al principio de los tiempos, cuando aún era un pequeño rayo de luz inagotable, un rayo de luz viajero lleno de sueños y expectativas frente a lo inesperado. Sí, vaya época. Se había establecido en distintas nebulosas y había observado las razas, los planetas, la unión, el amor, la alegría, los sueños, la magia de la vida y la creación. Había visto como un juego los enfrentamientos amistosos y los dulces desvaríos que en todos los planetas se debatían diariamente. Había sido increíblemente divertido. Su luz era siempre final o comienzo de la vida. En su memoria aun nadaban alegremente los recuerdos de miles de rayos de luces con los que se había encontrado durante sus travesías. Ahora ya no quedaba ninguno. Todos habían perecido al no tener a nadie quien los pudiera vislumbrar. La guerra y la muerte habían devastado ese universo. La sed de poder y conquista era la culpable de la muerte de todos sus hermanos y ahora iba en su búsqueda. El pequeño planeta en el que se había establecido se consumía entre llamas de odio y gritos de dolor. Él, el último rayo de luz enviado por el rey desde el universo del fuego sagrado ahora ardía lentamente pero no desaparecía. En la tierra que cubría, limitada por un mar de lágrimas inagotables aun persistía una cabaña. Una cabaña que se veía vacía y silenciosa pero en la que se escondía un niño. Un niño que soñaba y crecía amando a la pequeña luz que lo iluminaba. Un niño que sabía que el dolor y la estupidez eran solo consecuencia del amor que su raza sentía por lo que tenía. Un niño que entendía cuan equivocados estaban todos porque, desde un principio este niño había entendido que no pertenecía a ese planeta donde todo salía mal. Las cosas no podrían ser tan absurdas. Por eso el niño amaba el rayo de luz que solo él veía y el cual le parecía lo más hermoso que quedaba en ese lugar. Pero su cuerpo no era tan fuerte como su corazón. Cada día se debilitaba lentamente junto al cadáver de sus padres victimas de sus deseos. La luz del ocaso se colaba entre todas las rendijas de la casa para que el niño no perdiera la esperanza ni los sueños que en el vivían, pero el vigor del niño persistía en su marchitar y un día, cuando  el rayo de luz entró por la ventana norte de la pequeña cabaña le encontró con una sonrisa. Dormido, perdido entre su pausado respirar que poco a poco desaparecía. El rayo de luz sonrió y lentamente, junto a todas sus memorias y el gran amor que era parte de él, se extinguió en la oscuridad de aquel lugar de ciegos, junto al último suspiro del niño que dormía y soñaba con un país de luz…

1 comentario:

  1. Un rayo de luz que viaja sin sentido ni dirección vale muchísimo más que una eternidad de oscuridad con miles de argumentos. Me encantó la descripción del principio, un rayo de luz que conoce todo el tiempo y el espacio y se ve detenido por una sonrisa...ME ENCANTÓ!

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